El reto era nadar alrededor de Manhattan. La razón para no rendirse estaba en otro lugar: en la Sierra Tarahumara, donde decenas de niñas viven en un internado y necesitan algo más que buenas intenciones para continuar sus estudios. El 28 de agosto, Gaby Bustillos y Jimena Ramírez unieron ambas historias en una travesía de 48.5 kilómetros que completaron en ocho horas y media, y que les permitió recaudar más de 200 mil pesos para el Internado Carichi, en Chihuahua.
GABY Y JIMENA: HISTÓRICAS EN MANHATAN.
Gaby Bustillos y Jimena Ramírez nadaron 48.5 kilómetros alrededor de Manhattan y recaudaron más de 200 mil pesos para apoyar a niñas del Internado Carichi.
Fueron la primera pareja de mexicanas en realizar la vuelta a Manhattan en la modalidad de relevos. Se turnaron cada 45 minutos, mientras una nadaba, la otra intentaba recuperar el calor del cuerpo a bordo de la embarcación. El recorrido exigió coordinación, resistencia y capacidad para adaptarse a las condiciones del río, pero también les dejó una certeza: el esfuerzo podía servir para algo más que alcanzar una meta deportiva.
Para Gaby, Nueva York siempre había sido una ciudad que le despertaba una sensación de oportunidad. Cuando comenzó a nadar en aguas abiertas, pensó en darle la vuelta a Manhattan, aunque creía que no podría hacerlo por sí sola. La posibilidad de competir en relevos cambió el panorama.
“Yo ya traía el límite en mi cabeza y de que no, claro que no, o sea, ¿cómo crees?”, recuerda.
La idea se la propuso a Jimena, su compañera del Team Kohlmann, con quien había conectado desde hacía años. Jimena también había pensado en completar el recorrido, pero no se sentía capaz de nadar durante tantas horas por cuestiones de salud. La invitación de Gaby hizo posible el proyecto.
Durante siete u ocho meses se prepararon desde ciudades distintas. Apenas tuvieron oportunidad de nadar juntas en tres ocasiones, por lo que la comunicación y la confianza fueron esenciales. Entrenar implicó ajustar sus rutinas, renunciar a compromisos y aprender a sostenerse incluso en los días en que el cuerpo o la mente no respondían como esperaban.
Para Gaby, quien es mamá de cuatro hijos, uno de los mayores desafíos fue encontrar tiempo para entrenar. Cada tres meses viajaba a Morelos para nadar en Las Estacas. Salía de Saltillo, tomaba carretera de madrugada y pasaba horas en el agua antes de regresar a casa.
“La mente es bien poderosa, y es tu principal piedrita en el camino”, dice. Los días de cansancio, las excusas y la tentación de abandonar formaron parte de la preparación. En esos momentos, su entrenadora solía preguntarles: “How bad do you want it?”, es decir, qué tanto lo querían.
Jimena encontró en la compañía una forma de hacer más llevadero el esfuerzo. Compartir los días buenos y los entrenamientos difíciles les permitió avanzar sin que la distancia entre ellas se convirtiera en un obstáculo.
Relevos contra corriente
La travesía comenzó con dificultades. El clima había sido motivo de preocupación durante los días previos y, al llegar, Gaby buscó el río Hudson para observar las condiciones que enfrentarían. Además, el equipo se quedó sin el kayakista que debía acompañarlas y resguardar su seguridad. El juez tuvo que ocupar ese puesto, aunque no conocía la ruta.
Gaby fue la encargada de iniciar el recorrido, una oportunidad que Jimena le cedió porque sabía cuánto deseaba pasar bajo el puente de Brooklyn. El comienzo, sin embargo, fue más complicado de lo esperado: el tráfico marítimo seguía activo y las olas provocadas por ferris y barcos de carga dificultaban el avance.
El recorrido también estaba sujeto a horarios. Las corrientes cambian cada seis horas y no pasar por ciertos puntos a tiempo podía significar la descalificación. El capitán de la embarcación debía vigilar la ruta y advertirles cuándo tenían que acelerar o detenerse por el paso de algún barco.
Cada 45 minutos cambiaban de nadadora. Para hacer el relevo, la que entraba al agua debía alcanzar a su compañera; solo cuando ambas estaban a la par podía salir quien terminaba su turno. La operación exigía mantener el ritmo y volver a entrar al agua después de que el cuerpo comenzara a enfriarse.
“Cuando una flaqueaba, pues la otra la apoyaba”, cuenta Gaby. La complicidad que habían construido durante los meses de preparación se mantuvo en el agua, incluso cuando no podían hablarse.
Jimena recuerda que ver a Gaby pasar bajo el puente de Brooklyn fue uno de los momentos más emocionantes. También las porras de personas que las observaron desde un edificio con una bandera de México, la compañía de una amiga que corrió junto a ella durante parte del trayecto y la vista de los rascacielos mientras nadaba junto a Central Park.
Para Gaby, lo más emocionante fue encontrar a sus hijos y familiares en distintos puntos del recorrido. Se movían por Manhattan para verlas y levantaban una bandera mexicana para que pudieran reconocerlos.
La llegada también quedó grabada en su memoria. Mientras Jimena completaba el último tramo, Gaby puso a todo volumen «New York, New York» en las bocinas de la embarcación. Después de ocho horas y media, el reto estaba cumplido.
Nadar por las niñas de la sierra
La travesía tenía otro propósito desde el inicio. Jimena colabora como vocal en una fundación que apoya a comunidades de la Sierra Tarahumara, donde trabajó durante una etapa de su vida. Su cercanía con esa región fue la razón para proponer que el reto beneficiara al Internado Carichi.
Gaby también tenía un vínculo con la comunidad rarámuri. Su mamá es de Chihuahua y, desde niña, escuchó sus historias sobre las mujeres tarahumaras, sus vestidos y su cultura. Cuando Jimena le habló del proyecto, aceptó sin dudarlo.
La meta inicial de recaudación fue de 150 mil pesos, aunque Gaby recuerda que también habían considerado una cifra de 100 mil. Al final reunieron alrededor de 206 mil pesos, gracias a personas que se sumaron a la causa, algunas incluso sin conocerlas directamente.
La ayuda respondió a necesidades concretas. En el internado viven más de 70 niñas y la directora les había pedido colchones, sábanas, colchas y productos de limpieza e higiene. Con lo recaudado compraron 30 colchones y otros artículos que, de acuerdo con Jimena, ayudarían a cubrir algunas de las necesidades durante los siguientes cuatro o cinco meses.
Ambas llevaron personalmente el donativo al internado. Para Jimena, ese encuentro terminó de darle sentido a todo el esfuerzo.
“Esto es lo que a mí me llena más allá de una medalla”, recuerda. Más que el reconocimiento deportivo, le importó compartir con las niñas lo que habían logrado y mostrarles que una meta que parecía lejana podía hacerse realidad.
La causa también cambió la manera en que vivieron el nado. Jimena sentía que el compromiso con otras personas hacía más retador el entrenamiento, pero también aligeraba el peso de las renuncias. Gaby, por su parte, pensaba en lo afortunada que era por tener salud, fuerza y la oportunidad de estar ahí.
“Con haber inspirado a una sola persona, a una sola niña de la Sierra Tarahumara, con eso ya todo valió la pena”, dice Gaby.
Para ambas, el apoyo no termina con la entrega. Jimena continúa en contacto con la fundación y espera que la experiencia anime a más personas a contribuir, ya sea con donativos o con iniciativas deportivas que beneficien a otras comunidades. La educación, explica, puede abrir caminos para las niñas rarámuris y ofrecerles oportunidades para construir su futuro.
El límite propio
Después de completar la vuelta a Manhattan, Gaby se quedó con una idea que ha repetido a lo largo de su vida: nadie puede hacer las cosas por una misma. La natación en aguas abiertas es un deporte solitario, incluso cuando se comparte un reto con alguien más. Al final, cada nadadora debe encontrar la manera de seguir.
“Tú eres tu propio límite”, afirma.
Jimena también reconoce que la experiencia le enseñó el valor de compartir la disciplina y los momentos difíciles. Para ella, nadar acompañada hizo que el reto fuera menos pesado y que el logro tuviera un significado distinto.
Las dos quieren volver a nadar juntas y, si es posible, hacerlo otra vez por una causa. Manhattan les dejó una travesía que difícilmente olvidarán, pero también la posibilidad de que otras mujeres se animen a intentarlo y de que más personas conozcan las necesidades de las comunidades a las que buscan apoyar.
Gaby tiene una frase para quien guarda un sueño que parece demasiado grande: “Elígete. Vale la pena”. Y agrega que también vale la pena incomodarse para cumplirlo, dar ejemplo a los hijos y abrir camino para otras mujeres.
La vuelta a Manhattan terminó después de 48.5 kilómetros. La historia que comenzó con ese recorrido, en cambio, sigue en las niñas del Internado Carichi y en la posibilidad de que el esfuerzo de dos nadadoras se convierta en una oportunidad para alguien más.