Y tu, ¿quién eres?

Y tu, ¿quién eres?

¿Será posible que algún día así nos reconozcamos?

Sigo siendo el hijo de mi papá. No importa la edad, los amigos y conocidos de nuestros padres se refieren a nosotros como “el hijo de…”. Y pues, ahí ni como hacerle, así nos conocieron y a veces hasta te llaman como tu progenitor, no le hace si tu eres Pedro y él es Arturo. En la familia extendida, si tu nombre no es muy repetido entre abuelos, tíos y primos al estilo de Arcadio o Aureliano, tal vez con un poquito de suerte se aprendan tu nombre y no hablen de ti con el aclaratorio del “hijo de…” en su referencia. Hasta ahí, bien con el sello de amistades y familia.

Luego sucede que uno se refiere a las nuevas generaciones de la misma forma, glosando triunfos y pecados de la ascendencia cuando queremos ubicarlos, saber quienes “son”. Así es que el Potrillo siempre será el hijo de Vicente, el Gómez Morín actual extiende hasta el infinito sus apellidos para aclarar de quien es nieto, Benny es hijo de Julissa y así nos la llevamos. También, bien hasta ahí con el sello que otros nos endilgan.

La bronca viene cuando nosotros mismos nos moteamos (no, nada que ver con la mariguana) con calificativos como tigre o rayado, virgo o acuario, metalero o cumbianchero, carnívoro o vegano, cervecero o tequilero, ingeniero o administrativo, dodger o yanqui, ventas o producción. Solitos nos apegamos a algo que suponemos nos da identidad. La verdad, de lo que hablamos es de fútbol o beisbol, de música o esoterismo, de comida y de bebida, de oficios o profesiones. Y uno es igualito al otro, nomás con diferente logo. Ahí si, mal con un sello autoimpuesto de pertenencia, pero no de identidad.

¿Empirista o racionalista? ¿nihilista o existencialista? ¿idealista o materialista? Quizás, si nuestra cultura nos llevase a definirnos desde la filosofía, a conocernos y que nos reconozcan como simpatizantes de algunas corrientes de pensamiento, nos ahorraríamos el andar preguntado fechas de nacimiento para saber de compatibilidad según la luna y las estrellas, para saber no que música nos gusta, sino que tipo de expresión humana buscamos ahí, para entender que esperamos del deporte, no para llorar por un partido perdido, para saber porque trabajamos, no lo que hacemos para sobrevivir. Para saber quién soy y hacia donde quiero ir, no para exhibir al mundo otros rasgos de personalidad.

Un gran paso es pensarse liberal o conservador, demócrata o republicano, de izquierda, centro o derecha; ateo, agnóstico o religioso. ¿Será posible que algún día así nos reconozcamos? No sé, pienso en quienes llegan a casa con mis hijos a jugar, estudiar o pasar un rato conviviendo. Nunca les pregunto si les gusta más la música o el deporte, si creen en dios o dudan de él, si votaron en las pasadas elecciones o si piensan estudiar un postgrado. Siempre, siempre la pregunta es: ¿Cómo me dijiste que te apellidas?

cesarelizondov@gmail.com

EL AUTOR

Escritor saltillense, ganador de un Premio Estatal de Periodismo Coahuila. Ha escrito para diferentes medios de comunicación impresos de la localidad.

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