Y mientras tanto, en Coahuila

¿Podemos como estado sustentar nuestra riqueza en algo distinto a la industria automotriz?

Temblando estamos, pero de miedo. Y sí, ya sabes a dónde voy: a darle eco a los dichos del más celebre enemigo-cortina de humo-verdugo de todos los mexicanos, el presidente electo de los Estados Unidos (favor de insertar aquí la música del Hail to the Chief), míster Donald Trump.

Contra toda la opinión de quienes desestimaron la influencia del poder ejecutivo en un país que se vanagloria de su equilibrio entre poderes, y aún sin haberse sentado a despachar, el próximo presidente de los gringos tumbó una inversión de la industria automotriz en tierras mexicanas por un monto que, para ponerlo en contexto, diremos que es del tamaño de la megadeuda coahuilense.

Luego remató dando a entender que las barbas de General Motors habrían de ponerse a remojar ante la posibilidad de gravar la entrada al mercado estadounidense de automóviles fabricados fuera de la unión americana. ¿Y qué haríamos entonces en las regiones dónde estamos colgados de la industria automotriz cómo principalísima liana para columpiarnos? Hasta ahora, solo ponernos a rezar. Pocos han entendido la lógica Trumpiana, equivocada o no: el truco para fabricar en suelo americano aquellos bienes que hoy se producen en otras partes del mundo, tiene que ver con los aberrantes márgenes de utilidad de que hoy gozan los dueños de las marcas que acaparan y dirigen los mercados.

Pagar sueldos de miseria por ensamblar un auto en México, por fabricar un Ipad en Taiwan o por confeccionar una blusa de marca en Bangladesh, nunca ha sido por el afán de ofrecer precios accesibles a los consumidores, siempre ha sido por obtener mayores márgenes de utilidad para los inversores. Por supuesto y para no caer en la inocencia: Trump jamás pudo ingresar en esa elite de negocios que ordenan maquilar con costos de risa y ordenan vender a precios de robo.

La apuesta de Trump sería entonces, no que el consumidor norteamericano pague más por los mismos bienes, sino que el empresariado internacional reduzca sus márgenes de utilidad si produce en Estados Unidos, o pague altos aranceles si fabrica fuera del mercado más dinámico y consumista del mundo. Con respecto a Coahuila, se entiende la urgente necesidad de haber atraído hacia nuestra tierra empresas maquiladoras que nos han dado durante años un estable modo de vida, pero habrá que admitir que nuestros gobiernos se han sentado a observar cómo llegan y se van las inversiones al son que nos toque el mundo, sin preocuparse jamás por hacer de Coahuila un estado desde donde ofrezcamos al mercado internacional aquellos productos para los que tenemos ventajas competitivas más interesantes que la gracia geográfica de ser el vecino de un consumidor voraz. ¿Podemos como estado sustentar nuestra riqueza en algo distinto a la industria automotriz? Claro que podemos.

Tenemos la orografía y los microclimas para despuntar con algunos productos agrícolas de características únicas en el mundo, tenemos en Coahuila especies endémicas como atractivo al turismo así como históricos sitios para visitar o inigualables lugares donde la naturaleza te roba el aliento, tenemos gastronomía e industria dulcera y panadera para ser punta de lanza en las mejores mesas, todavía tenemos industria textil y un montón de cosas más desde dónde respaldar nuestra economía.

Pero, ¿qué han hecho durante décadas nuestros gobiernos y legisladores para darle a Coahuila sustentabilidad económica más allá de rentar nuestra mano de obra y vender nuestro suelo? Nada, se la han pasado grillando, saltando de un puesto a otro y velando por la sustentabilidad de un sistema viciado por y para los partidos políticos, pero dejando de atender las demandas y necesidades ciudadanas a largo plazo. Y es por esa irresponsabilidad y falta de visión de gobiernos y legisladores coahuilenses, que hoy, todos temblamos ante los dichos de un gobernante extranjero.

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