VIVIR ES VER VOLVER Y ESCUCHAR ES UNA VIRTUD

Vivir es volver, maría Treviño

Flujo de inconsciencia: Masa deforme que se convirtió en un cuento para la autora quien toma la frase ‘Vivir es ver volver’.

‘Vivir es ver volver,’ dijo aquel poeta español de apellido Rosales. ¿Será que de eso se trata entonces? ¿Será que las cosas sólo cobran sentido cuando se asocian al pasado? ¿Será que cualquier futuro, por más futuro que parezca, no es más que el mismo sofá de la esquina con un tapizado diferente a la vista?
¿Qué será entonces de aquel lejano sitio al que alguna vez llamé hogar? ¿Cuántos hogares tiene uno durante la vida y cuántos son el mismo en calles distintas? ¿Cuántas llaves a cuántas puertas? Tengo aquí mismo una, la ‘llave maestra’, que abre la puerta del sitio -¿mi hogar? ¿otro hogar?- que no conozco todavía. La puerta que espera, igual que yo, una mujer que espera, aunque últimamente he contemplado la posibilidad de ser un sentimiento en forma de mujer que espera. Hace algunos años que no llevo prisa y me siento tranquilamente a esperar. El tiempo se sienta conmigo y me sirve alguna copita mientras nos miramos y nos sonreímos, sin saber qué estamos esperando, si quizás estamos esperando lo mismo o probablemente esperándonos en secreto.
Esperar, virtud de la gente ingenua. De los idiotas que se detienen para escuchar la música de la calle y la música callejera, para escuchar (aunque sea escuchar) al que pide limosna, para escuchar el discurso del poeta y quedarse hasta su final. Virtud de esos mismos idiotas que estorban el tráfico para ver el último segundo de la aurora antes de proyectarse en todo el vasto panorama. Necedad de esos-mismos-idiotas que le ven lo agradable a las cosas y simplemente esperan sin ninguna especie de prisa, con una tacita de café fría pero sabrosa. Sí, somos idiotas porque nos idiotizamos con los detalles de la vida, igual que los tontos son, valga la redundancia, los que hacen tonterías. Y el tiempo, el mayor de todos los idiotas, se sienta conmigo a esperar que me anime a abrir la puerta, que también espera. Todos están ansiosos, María Fernanda, de que entres al cauce y te vuelvas parte de la masa que nunca deja de avanzar. Sólo tú y otros cuántos idiotas siguen esperando y sonriéndole a la paciencia. ¿Qué no ves que la casa tiene que estar habitada para que empiece a funcionar? Que te tienes que mover para introducir la llave y abrir la puerta, porque sin llave no hay puerta, sin puerta no hay casa, sin casa no hay cuarto, sin cuarto no hay muebles, sin muebles no hay mesa, sin mesa no hay jarrón, sin jarrón no hay flores, sin flores no hay recuerdos, sin recuerdos no hay vida y sin vida nada vuelve porque ‘vi-vir-es-ver-vol-ver’. Y si nada vuelve, entonces ¿qué esperas?
Pero el narrador, este narrador entrometido y evidentemente desesperado, poco sabe y cuestiona mucho. No tiene idea que esperando he vuelto y visto y vuelto a ver lo que hace un momento volví a ver viviendo. Que no puede obligarme a abrir la puerta si no me da la gana porque la llave la tengo yo en este cuento y este cuerpo de renglones yo lo controlo una y otra y otra vez cada que usted lea esta oración (haga el intento y verá que no me equivoco). No puedes controlar, tú que estás escribiendo con esas manos en la oscuridad, lo que estoy pensando en este momento porque acabo de cambiarlo, y ya lo he vuelto a cambiar, y ya lo he vuelto a cambiar, y en medio del último renglón, mientras María volvía a cambiar su pensamiento, le hice que se pusiera de pie y abriera de una vez por todas, totalmente contra su voluntad y con un grito inaudible entre estas letras, la puerta de su destino.

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