Travesía de Ciudad

El viento de La Ciudad me alienta a alcanzarla, pero estoy cansada. Ya estoy cansada.

 

El paquete se comienza a resbalar de mis dedos; nadie me dijo que pesaría tanto. Debo hacer fuerza con todo mi cuerpo para sostenerlo y mantener el equilibrio, de lo contrario se caerá al suelo; sufriremos daños. De cualquier modo, a lo lejos ya se aprecia el primer despunte de Ciudad; la elegante, ausente Ciudad.

No recuerdo el momento exacto en que el paquete llegó a mis manos; después de un par de años, simplemente dejé de contar el tiempo. Su envoltura violeta me ha causado curiosidad desde el inicio, mas no soy capaz de abrirlo para ver su contenido. Una tarjeta en su exterior señala La Ciudad como destino, de carácter urgente y a mí como responsable del envío.

Al principio, las preguntabas me atormentaban: ¿Qué será tan importante? ¿Quién lo envía? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? ¿Por qué no soy capaz de preguntar?… Pero, ¿a quién le podría preguntar si hace tiempo que en nada ni nadie encuentro las respuestas? El paquete ha sido mi única prioridad y mi única compañía, lo único que no se fue nunca.

Pero, ¿por qué a La Ciudad? Ese lugar de avenidas grandes y vacías que se asemejan a las personas que las habitan; ese lugar que nadie ha visto, pero donde todos han estado, por lo menos unos segundos; ese lugar donde los trenes, descarrilados y oxidados, se poblaron de flores que se asoman entre ventanas rotas y maletas desgastadas; ese lugar donde siempre estuviste, donde te cuidé, donde te quise, pensando que podíamos sanarnos, que necesitábamos el uno del otro para respirar tranquilos, que el amor ajeno iba a suplantar el que en mí no existía y en ti se disfrazaba para evitar a toda costa tu soledad.

Hay recuerdos de los que uno no puede irse, pero también hay otros a los que uno no quisiera volver. Algo así pasa con la vida en La Ciudad. Algo así pasa con este paquete, esta culpa de color violeta cuyo peso compromete mis pasos y que los ha comprometido desde que decidí tomarlo, pensando que sólo así sería merecedora del perdón, de la aceptación, del todo. Pensando erróneamente que necesito demostrarle algo al mundo para ser ese “alguien” mítico y anteponiendo a todos antes que a mí, sin saber que si yo no estoy bien, nada está bien. Nada ha estado bien, hasta ahora.

El viento de La Ciudad me alienta a alcanzarla, pero estoy cansada. Ya estoy cansada. Después de tantos años de travesía, a un par de kilómetros de distancia, finalmente cedo ante mi propio cuerpo y mis sentimientos. Después de tanto tiempo, voy a cumplir la voluntad de mis deseos y no la de los otros; no la de La Ciudad. Coloco el paquete a lado mío, intacto, con su misma esencia de compromiso involuntario. Hasta ahora entiendo por qué sólo pesa cuando lo cargo yo. Después de tanto dolor, estoy exhausta de lo que me ha hecho abandonar, de haber aceptado, de haberme mentido, de haber pensado que la voluntad ajena va siempre primero.

Con el último aliento, me levanto de la acera y contemplo cómo a mis espaldas se va alejando la línea que da inicio a La Ciudad junto a su cartel de bienvenida; y, mientras me desvanezco, el paquete sin contenido vuela por los aires, posándose en las rosas que asoman de algún tren.

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