SER, TENER Y… COMER ½

Y sin duda, usted como yo se va a sorprender de la alimentación que llevaban estos filósofos, tanto antiguos, como modernos

Vamos a partir de cosas en las cuales no hay discusión, creo yo; ninguna objeción. Es algo unánime, criterios de valor unánimes. Si usted tiene un par de hijos, creo e imagino que usted quiere lo mejor para ellos. Si uno de ellos (hijo o hija) llega a ser como Albert Einstein o Marie Curie, creo e imagino que usted le daría gracias a Dios a la vida por ello y claro, su vida se habría cumplido y usted sería muy feliz. Imagino que si a usted le sale un hijo del tamaño del filósofo Platón, Sócrates, Diógenes… pues caray, ese tipo de pensadores que movieron el eje de la tierra completa, pues usted estaría más que feliz. Creo que habrá juicio unánime de que si uno de sus hijos o hijas se parece e iguala a Epicuro, Emanuel Kant, Voltaire, John Locke… pues el orgullo no le cabría a usted en el pecho y dichos hijos e hijas estarían encaminados a cambiar el ritmo de la vida misma no sólo en su entorno inmediato, sino en todo el mundo.

Pero vamos a partir de algo sencillo como siempre, ¿qué comieron los anteriores filósofos y desde su infancia, que bebieron y degustaron los grandes pensadores de la humanidad, para llegar a elucubrar sus teorías las cuales aún hoy, cargamos a cuestas y sin ellas somos polvo en el viento? Resumido lo anterior: ¿qué comieron Platón, Epicuro, Diógenes, Kant, Rousseau, Nietzsche…?

¿Y sí alimentamos a nuestros vástagos con lo mismo que éstos se alimentaron la mayor parte de su vida, lograrán ser nuestros niños los pares de Sócrates, Walter Benjamin, Descartes, Pitágoras…? No poca cosa señor lector, cuando usted y yo ya sabemos aquello que dijo el padre de la gastronomía moderna, Brillant-Savarin: “La suerte de las naciones depende de su manera de comer” y claro, aquello de “La vida entera está gobernada por la gastronomía…”

Se habla del ser. Esa esencia que nos hace humanos y no changos. Humanos y no aves.

Nuestra esencia. El ser es lo primordial, ya luego vendrá el tener. Ser y tener. Pero, ¿y el comer? Pues sí, es igual de importante que lo anterior. Y sin comida ni bebida vamos al cadalso. Morimos.

Pero ¿es tan importante la comida, la alimentación para todos los filósofos y pensadores arriba nombrados? ¿Hay algún alimento en especial que estos frecuentaron en su dieta diaria lo cual detonó su mente preclara? Lo anterior y no otra cosa es lo que usted y yo vamos a abordar en estas cinco columnas dominicales. Ser, tener y comer.

Si usted se ha fijado en los anteriores nombres tirados como mazo de naipes en la mesa, no hay escritores, poetas, narradores… por lo general estos habitantes del parnaso son siempre unos penitentes, atados al potro del alcohol y la mala comida (no todos). Vamos ahora a explorar a los grandes pensadores y luego, a los grandes científicos.

Sus dietas y manías a la hora de alimentarse y sentarse a la tabla. Y sin duda, usted como yo se va a sorprender de la alimentación que llevaban estos filósofos, tanto antiguos, como modernos. Sólo y para iniciar, empecemos: el gran Diógenes “el cínico” (a quien apodaban “el perro”) usted lo sabe, vivía en un tonel y por única posesión tenía una escudilla para alimentarse, llegó a pregonar de las virtudes de comer carne… cruda. Fue un iconoclasta, profanador y mantuvo polémicas muy ácidas con Platón. En cambio, para Platón, en su Academia se reclama la comida como un momento de suma importancia en su diario trajinar. Para Platón, un buen pan y un buen vino eran fundamentales para una comida sana. Juan Jacobo Rousseau comía casi obligado (para sobrevivir nada más, pues) lechugas y lácteos, Jean Paul Sartre prefería los huevos y la charcutería… no comía carne porque era “comer un cadáver” ¿Diógenes o Sartre? ¿De quién es la razón? Vamos iniciando.

EL AUTOR

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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