SAN FRANCISCO DE ASÍS, UN SANTO GLOBAL

PADRE

Son pocos los santos que rompen las fronteras de su propia nación de origen y se vuelven populares en la devoción mundial.

Tal vez hoy en día, en un mundo globalizado, sea más sencillo; pero en el mundo antes del Internet y las redes sociales (¿alguien se acuerda?), lograr eso significaba todo un reto. Pues bien, el santo que hoy celebramos es un claro ejemplo de ello. 

San Francisco nació en Asís, Italia, en 1182. Hijo del rico comerciante Pietro di Bernardone y de la noble Pica, le bautizaron con el nombre de Juan. Aunque procedía de una familia pudiente, a los 14 años ayudaba a su padre en la tienda. Después se fue desvinculando del compromiso laboral y de sus estudios, que no casaban con sus ilusiones de una vida alocada. Era un líder nato, un idealista en extremo, aunque sin saber aún cómo encauzar sus sueños. Exhibía por la ciudad sus dotes poéticas y musicales, siguiendo la guía trovadoresca de los caballeros. Por un lado, disipaba el dinero, y por otro, daba limosna a los pobres. 

En 1198 se desató un conflicto entre la burguesía y los nobles de Asís. Francisco se implicó en el litigio, luchó contra Perugia y fue apresado. Durante unos meses soportó el rigor de la prisión y, tras su liberación, en 1204 cayó enfermo. Quiso luchar en Puglia, pero en Spoleto una fuerza interior le instó a regresar. Se dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?», aunque de momento siguió con sus costumbres. Pero Dios se hizo notar en su corazón y comenzó a orar cada vez más. En un momento, sintió que le exigía la total donación de sí; debía elegir lo que más le costase. Y fue entonces cuando se dio el famoso incidente del leproso, al que, aún sintiendo repugnancia, lo saludó con un beso en la mejilla. Y a partir de ese momento, experimentó un dolor por su vida pasada y se dispuso a iniciar un camino sin retorno. 

Un fuego interior le consumía. La necesidad de oración y soledad eran cada vez más intensas. El Cristo del crucifijo de San Damián le pidió que reparara su Iglesia. Entendió que se refería a la ruinosa capilla, y en Foligno vendió su caballo y mercancía del establecimiento paterno, obteniendo los recursos para restaurarla. Se afincó en San Damián sin contar con permiso de su papá, que montó en cólera. Puesto en la tesitura de elegir, se abrazó a la pobreza, desprendiéndose de sus vestiduras ante el obispo de Asís. Se vistió con una humilde túnica ceñida con un cordón y se hizo pobre con los pobres, en medio del desprecio y mofas de sus conocidos. Se le unieron numerosos jóvenes que querían seguir su misma vida de penitencia. Con ellos fundó la Orden de Frailes Menores, aprobada por Inocencio III. 

Encarnaba fielmente el Evangelio. Inundado de gozo multiplicaba por todas las vías los dones que iba recibiendo. A pesar de su pobreza, siempre se le veía sonriente y atento, especialmente a los más necesitados.  En 1224, hallándose en el monte Alverna, recibió los estigmas de la Pasión. Era devotísimo de la Eucaristía y de la Virgen. Al final de su vida, sufrió mucho por una grave lesión ocular que le dejó prácticamente ciego. 

En 1224, moribundo, compuso el bellísimo Cantico de las creaturas. Era una consecuencia inmediata del amor que sentía por Dios; para él, las criaturas eran un reflejo de la perfección divina. Y ante este espectáculo de la creación entera elevó su cántico a Dios Padre. Murió acostado en el suelo el 3 de octubre de 1226. Gregorio IX lo canonizó el 16 de julio de 1228. 

Y ahora la pregunta: ¿y yo? No seré tal vez llamado a la pobreza como San Francisco, pero sí a amar a Dios y a los demás como él. Ojalá hoy empecemos a dar una mejor versión de nosotros y empecemos a cambiar el mundo, cambiando primero nuestro corazón.

Juan Antonio Ruiz

Sacerdote Legionario de Cristo dedicado a la formación y orientación de la juventud saltillense, maestro en el Instituto Alpes-Cumbres en Saltillo.

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