SALPICÓN

Don Quijote en la mesa

Avanza el año y ya entramos a su recta final. Por lo general y en estas fechas, acometo una odisea: releer en diciembre la obra cumbre de don Miguel de Cervantes Saavedra, “Don Quijote de la Mancha.” Y creo haberle platicado aquí en este espacio, que dicha obra total acepta todas las lecturas posibles por sus múltiples aristas de sabiduría. Es decir, es una obra total. Y usted y yo y en virtud de este espacio gastronómico, hemos explorado en textos pretéritos su vena de alimentos, su vena de comida, su vena de cómo se iba a la tabla en ese entonces, la vena gastronómica en “Don Quijote de la Mancha.”

La obra es inagotable. Por eso hay que leerla y releerla al menos cinco veces en vida. Yo acostumbre e intento leerla una vez al año, cosa que de repente dejo trunco por acometer otros trabajos y tareas. Esperemos que en este otoño e invierno si pueda con esta grata tarea. Y sí, se van acumulando muescas, notas, ángulos, subrayados en este libro del cual tengo varias ediciones.

Hay numerosos ejemplos de lo que van comiendo en sus andanzas y correrías el filiforme caballero y su fiel escudero, Sancho Panza. En una parte se lee, justo cuando en una posada o venta, lo arman caballero: “… con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo y que le servían con música y que el abadejo eran truchas, el pan candeal y las rameras damas…” Lo anterior en la Parte I, Capítulo II.

En aquellos tiempos, siglo XVI, uno de los pescados más apreciados era la trucha. De hecho, nos cuentan investigadores de esta época, una trucha costaba diez reales y compare usted el precio con una perdiz, que también aparece como alimento en las obras de Cervantes, la cual costaba cuatro reales.

Pero no todo el pescado era bien aceptado. De hecho, había muchos prejuicios en esa época en contra de comer pescado, cualquier tipo de pescado. Se le consideraba malo y de mal nutrimento, sólo dedicado para flemáticos y personas de edad avanzada. A los peces se les atribuían las “virtudes” antiguas con las cuales se clasifican a los hombres y sus humores: por eso, el pescado era considerado con humor “frío y húmedo.”

Pero también había una consideración cristiana de la época para no comer pescado: los filósofos decían y se negaban de comer pescado porque honraban en ellos “el silencio que estos animales simbolizaban, al ser los únicos seres vivos de sangre caliente que carecen de voz.” Lo anterior lo leemos en voz de Pedro Plasencia. Y caray, no deja de ser muy interesante y reflexivo la opción y filosofía para no comer pescado en ese entonces, recomendado por los filósofos cristianos.

Respetar el silencio del pez, el cual no emite voz alguna, ruido o gruñido tormentoso. Y claro, también aflora la simbología del agua: caldo primigenio donde se gestó la vida, agua transparente y limpia que lava todo pecado y toda huella putrefacta, por eso del agua del bautismo; pero también, el agua, la lluvia como condena y castigo que todo se lleva a su paso. ¿Lo notó? De apenas unos versos de la obra magna de Cervantes y del encantamiento de Don Quijote de ver una trucha y desfrutarla, hemos explorado aunque sea rápidamente una especie de genealogía mística.

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Jesus R. Cedillo

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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