NO CORRAS, MI NIÑO

CRISTINA AGUIRRE

POR CRISTINA AGUIRRE

Hijo de mi vida, quieres crecer tan rápido. Me parece que fue ayer aquel día en que, de pronto, promoviste a nuestros padres a abuelos, y a nosotros nos convertiste en madre y padre.

Te miraba detenidamente mientras dormías, tan pequeñito, tan indefenso, y fantaseaba en cómo irías a ser, cuándo darías tus primeros pasos, cómo sería el sonido de tu voz, hasta que irrumpiste en el silencio, haciéndome la más feliz del universo, con tu primer “mamá”.

Me equivoqué. Si hubiera entendido, mi amor, en ese momento, que añoraría tanto volver a tenerte tan cerquita de mí, tan seguro, no hubiera jamás intentado adelantar etapas o apresurar tus pasos y mucho menos comparar tus etapas con los de tu misma edad.

Es hoy cuando añoro aquellas manitas juguetonas que todo lo alcanzaban, convirtiendo la casa en un campo de juegos y las paredes en un lienzo perfecto.

De pronto, te preguntabas: “¿por qué mamá tiene esa panza tan grande?” Fatal decepción cuando descubriste que, de aquel abultado vientre, salió un bebé tan pequeñito y no ese compañero de juegos que te habían prometido; pero te adaptaste, y lo mecías en su cuna para calmar su llanto.

En un abrir y cerrar de ojos, ambos ya estaban jugando.

Hijito, ni tú, ni yo nos dimos cuenta en qué momento tu hermano ya te había alcanzado; mucho menos en cómo se convirtieron en los principales guardianes de tu pequeña hermana, aquella que ahora les saca canas verdes.

De pronto, la noche no era suficiente motivo para culminar las horas de juego, cuando descubrieron que en aquellas veladas nocturnas podían construir grandes fortalezas con almohadas y cobijas.

Te veía aún tan pequeño, pero comenzaste a soltarme un poquito y, de la nada, un día llegaste de la escuela pidiéndome que invitara amiguitos. Ya no era yo quien tomaba por completo esas decisiones.

Verás, mi amor, el tiempo no se detiene. Comenzaste  a tener tus propios sueños, al igual que tus hermanos. Querías ser Superman y ahora sueñas con ser arquitecto, diseñando espacios y formas con tus legos. Ahora, piensas en un futuro como si faltara muchísimo, quieres correr, y yo solo necesito que te detengas, necesito que disfrutes y abraces tu niñez.

¿Sabes? También fui niña y también quería crecer. Qué cosas de la vida que, ya en la adultez, nos damos cuenta que la etapa más increíble y llena de magia y de color es en la que tú te encuentras. Yo te doy las gracias, porque todos los días me compartes un poquito de tu luz y de tu fantasía.

Es maravilloso escuchar tus papeles dentro de tus juegos, a veces eres héroe, a veces villano, siempre un rol de juego interesante hasta para escribir una novela fantástica.

¿Recuerdas, hijo, el día que me preguntaste por qué permito que tu hermana siempre se disfrace?

Te lo explico:

Habrá un momento en que ya no quiera hacerlo, aquel día que esté frente al mismo tocador alistándose para salir. Te aseguro que ese día verás el rostro de tu padre desencajado y tal vez el tuyo también. Así que déjala jugar, déjala ser niña en el tiempo que siga siendo nuestra princesa.

También, mi amor, llegará el momento en que ya no tendrás que vencer al monstruo del armario y dejarás de buscarnos por las noches, y tal vez los besos de tu madre no serán suficientes para remediar las penas y calmar el dolor.

Por lo que hoy, hijo, te daré una simple instrucción: juega, juega mucho, explora, aprende y pregunta todo lo que quieras saber, pero jamás permitas que nadie te arrebate esta etapa de tu vida; no corras, no hay prisa, disfrútala, ámala y abrázala. De lo demás nos encargaremos, por lo pronto, tus padres.

Algún día, mi cielo, serás grande y algún día tomarás tu propio camino; pero hoy, mi amor, por favor, sigue siendo un niño.