MOCHILA Y GANAS

MOCHILA Y GANAS

Vámonos

Para opinar, sin duda, uno tiene que viajar, salir, abrir los ojos a su alrededor y percatarse del detalle, llenarse de las culturas y opiniones ajenas, sentir esa satisfacción de libertad, independencia y belleza; en otras palabras, agarrar una mochila que contenga dos pantalones, tres blusas, un par de zapatos, algunas prendas de ropa interior, ganas de sorprenderse con todo lo que el mundo tiene para ofrecer y una enorme sonrisa, pues le aseguro que esta última es la llave para abrir todas las puertas -sin mencionar, obviamente y siendo realistas, una cantidad suficiente y sin excesos de capital que, al utilizarlo sabiamente, se convertirá en conocimiento y en momentos que nunca terminarán. Fuera de todo lo anterior, lo demás es equipaje innecesario, llámese exceso de ropa, miedo, apatía, inflexibilidad y conformismo. Una vez iniciada la aventura, uno se hace consciente de que, si para algo estamos, estuvimos y estaremos indefinidamente en este tiempo y espacio, es para encontrarnos. ¿De qué manera es posible explicar el haberme cruzado en calles cualquiera de ciudades con personas que conozco de toda la vida y sin habernos puesto de acuerdo para que dicho encuentro sucediera? ¿Cómo no creer en la gran ley de la atracción de la que tanto tendemos a dudar y que evidentemente existe? No hace falta nada más que prestar atención y, por primera vez, sentirse “parte de”, del planeta, de esta vida.

Me queda clarísimo que todo lo que llamamos nombre, nacionalidad, religión, educación, raza, edad e idioma no son más que sólo clasificaciones que regulan un orden social, queriendo diferenciarnos y categorizarnos cuando, en realidad, no somos tan distintos; no podemos ser “tan distintos” sabiéndonos todos, antes que nada, parte de la clasificación más grande: seres humanos.

Todos dudamos, todos reímos, todos lloramos y nos maravillamos; todos nos entendemos, de la manera en la que es posible, pero siempre lo logramos, siendo el lenguaje de la sonrisa, el amor y el respeto el verídico lenguaje universal. No pretendo ser cliché, pero nadie puede ser extranjero en un mundo donde habitamos los mismos: nosotros, los seres humanos.

Viajar para acercar(se), viajar para conocer(se), viajar para amar(se), viajar para contemplar(se), viajar para sentir(se), viajar para vivir(se). Viajar tampoco significa irse al otro lado del mundo, sino simplemente salir del espacio ese donde siempre estamos encerrados. Salir un domingo, por ejemplo, a los museos de nuestra ciudad y aprender de la Casa Purcell, de las catrinas y el arte taurino, cambiar el Starbucks por El Delirio, sentarse en la Plaza de Armas con un elote e ir a la Alameda a pasear mientras atardece. Sé que no me encuentro ni cerca de ser la viajera con más experiencia, así como también sé que esta es sólo una de tantas crónicas de viajes para recordar; sin embargo, también sé que nunca estamos tan lejos como pensamos de donde pensamos que nos encontramos lejos, que la espontaneidad es clave a la hora de emprender vuelo, que la buena compañía -ya sea de los seres amados o de uno mismo- hace todo más bello y sencillo y que se debe cargar física y emocionalmente con equipaje ligero. Joaquín Sabina “salió un lunes de viaje con su recién pintado corazón”… ¿Qué esperan para alegrar el suyo y hacer lo mismo?

LA AUTORA

Joven apasionada por las letras, heredo de su madre y abuela los deseos de contar historias, con apenas 19 años de edad, María Treviño ya sabe lo que quiere en la vida, escribir es la máxima expresión de su existencia.

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