LECTURAS, ALIMENTOS Y PANDEMIA 1/2

El año ha sido atípico. La pasada Semana Santa fue atípica. La Cuaresma fue atípica. Todo es atípico en este año y ha cambiado todo para siempre. Diferente. La vida es diferente y atípica toda. El virus chino vino a dar al traste con la convivencia y la vida social por un cumpleaños, una cena familiar, el chocar vasos de cerveza en la taberna, el bautizo del niño, la carne asada de fin de semana para ver jugar al equipo favorito, las bodas de los enamorados; celebrar a las Madres, a los niños, al padre… en fin, todo se vino abajo.

Por la pandemia ha cambiado todo. Lo más terrible, no tiene visos de componerse pronto. Hay que acostumbrarse a vivir y comer con el bicho a un lado. Y como de una u otra forma, sigue el confinamiento y salir a lo básico a la calle, han sido días de lecturas, hartas lecturas y comida y bebida. No siempre la comida y bebidas han sido las adecuadas. Igual las lecturas. Es decir, dependiendo de cada ser humano, ha sido la manera de encarar este aislamiento y literal cárcel a la cual fuimos confinados. En lo personal y lo siento en mi enjuto cuerpo, he comido y bebido más de lo habitual: pero la mayor parte, comida chatarra, deplorable. Seamos francos.

En lo que si he avanzado, es en buenas lecturas las cuales por falta de tiempo, siempre estaban pospuestas en mi escritorio y mesa de noche. Una de esas lecturas fue acometer las páginas de “El pez en el agua”, las memorias del Nobel peruano nacionalizado español, Mario Vargas Llosa. Un volumen, un tabique de más de 540 páginas. Este texto, a mata caballo entre las memorias, el testimonio, el análisis político, la reflexión, la crítica literaria, la introspección e incluso, la confesión, es un verdadero “tour de force” en la vida y derroteros de uno de nuestros escritores más leídos y emblemáticos: Mario Vargas Llosa.

El libro lo he leído con un placer delirante. Conforme avanzaba en sus páginas, el texto se convertía en una novela de aventuras; en otro rato y momentos, en una novela policiaca; luego, en conjeturas y episodios donde hierve la política latinoamericana. También, una gran crónica social, una estampa de su tiempo. Como no: un gran fresco de cultura y literatura, no sólo americano, sino en el mismísimo plano universal. Dan ganas de releerlo apenas terminando de leerle por primera vez. Para los efectos de esta columna, he entresacado algunos párrafos y citas sobre alimentos y bebidas. Alimentos, comida, manjares y bebidas del natal Perú de Vargas Llosa y de aquellos años de su niñez y juventud.

Van dos ejemplos rápidos y al azar, para entrar en materia en la próxima columna. En Piura, donde, el verano era de una “luz blanca y asfixiante calor”, donde cursó sus estudios secundarios, el Nobel recuerda de los “panes con mantequilla, los refrescos y el café con leche” el cual preparaban su abuela Carmen y la Mamaé, ese tipo de señoras que se encargan de todo en ciertas familias a las cuales terminan pertenecido hasta su muerte.

De Cochabamba, donde cursó sus estudios primarios, éste recuerda: “las deliciosas empanadas salteñas y los almuerzos de los domingos con toda la familia presente… donde todos esperábamos que a los postres hicieran su aparición las deliciosas sopaipillas y los guargüeros, unos postres tacneños y moqueguanos que la abuelita y la Mamaé hacían con manos mágicas…” ¿Usted conoce los anteriores alimentos de nombres maravillosos?

Jesus R. Cedillo

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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