LA FUERZA QUE VENCIÓ A MICHAEL SCHUMACHER

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El pasado lunes 21 de octubre celebramos la fiesta de San Juan Pablo II, un hombre que nos marcó profundamente a todos por su entusiasmo, alegría y entrega de sus primeros años de pontificado y por su ejemplo al cargar la cruz de sus últimos momentos de vida.

En unos u otros, su mirada tocada por Dios transformó el corazón de muchos durante sus numerosos encuentros. Como el del campeón del mundo de Fórmula Uno, Michael Schumacher. Al encontrarse con el Pontífice, no pudo resistir a la fuerza del que tuvo delante y se rindió: «Es una emoción enorme, es difícil explicar lo que se experimenta. Ha sido algo realmente especial recibir el saludo del Papa. En particular, ha sido algo muy bello ver su fuerza».

El 17 de enero de 2005, en efecto, todo el equipo Ferrari, incluyendo dirigentes, pilotos y técnicos, visitaron a Juan Pablo II en el Vaticano. Fue un encuentro de recíproca muestra de cariño. La Ferrari le regaló un modelo en miniatura del último coche con el que Schumacher ganó; el Papa dio sus palabras de aliento y entusiasmo que siempre manifestaba hacia el mundo del deporte.

Luca Cordero di Montezemolo, presidente de la Ferrari, agradeció al Santo Padre su defensa por los derechos humanos. Comentó que veía cómo Juan Pablo II se ponía en «el primer puesto de la parrilla de salida por la carretera de la humanidad». Ni qué decir que el Santo Padre sonrió.

Luego les comentó en su discurso: «La Iglesia considera la actividad deportiva, en la que se respeten totalmente las reglas, un válido instrumento educativo especialmente para las jóvenes generaciones».

«Seguid cultivando este estilo de trabajo y haced del crecimiento constante en la solidaridad uno de vuestros principales objetivos – dijo por último –. Así difundiréis los valores del deporte y contribuiréis al mismo tiempo a construir una sociedad más justa y solidaria».

«¡Ha sido algo muy bello ver su fuerza!», dijo Schumacher al final de la audiencia. Ciertamente, el campeón no se refería al temple físico de Juan Pablo II, ya desaparecido desde hacía años tras su larga batalla contra el Parkinson. Parece más lógico pensar que le impresionó su clara santidad. Esa fuerza que Dios regala día a día en el contacto diario en la oración, en la docilidad a llevar a cabo lo que Él quiere. Ése es el ímpetu que venció a Michael Schumacher, quien, paradójicamente, perdiendo salió también vencedor.

Y sí, Dios nos llama también a nosotros a ser campeones en el testimonio. Sólo así nuestra presencia en el mundo no será indiferente. Ahí tenemos un claro ejemplo de su eficacia: ¡San Juan Pablo II, as de la Fórmula Uno!

 

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