La familia más feliz

Te aseguro que tener una familia grande ha sido lo mejor que jamás me pudo pasar

Hace poco más de un año sucedió en Argentina un hecho insólito. Cinco hermanos que vivían en Pico Truncado, Santa Cruz, se encontraban bajo la custodia de una jueza. Ésta no podía hallar quién los adoptara, por lo que decidió hacer una petición pública. Para asombro de todos, ¡más de cien familias se ofrecieron a recibirlos! He dicho que esto es insólito no sólo por lo extraordinario del suceso -que alguien adopte de golpe a cinco niños- sino porque en los tiempos que corren, la familia numerosa parece una especie en extinción -máxime si es adoptada-. Sin embargo, antes era normal entrar en una casa y encontrar a un buen grupo de hermanos sonrientes y traviesos, que llenaban de mil tareas a una joven mamá. ¿A qué se debe este cambio?

La situación económica ciertamente influye, pero la causa principal no la hemos de buscar ahí. Es verdad que el poder adquisitivo limita, pero no es en ningún modo determinante. Existen -tanto en el primer como en el tercer mundo- personas muy ricas que sólo tienen un hijo, y personas de clase media y baja que sacan adelante a varios descendientes.

La raíz del giro está en la idea que nos hemos formado de un hombre feliz. Antes, una persona se sentía realizada cuando luchaba por verdaderos valores: la fe, la coherencia, el honor, la sencillez, etc. Hoy el hombre, en cambio, se ha centrado tanto en los valores materiales que cifra su plenitud en cada uno de ellos. “Quiero darles a mis hijos lo mejor”, se escucha siempre. Y no está nada mal tener este deseo, es un afán legítimo y necesario; pero la pregunta se debe centrar en qué es realmente lo mejor. ¿Muchos viajes, deportes, juguetes, cursos de idiomas, computación, televisión? Todo eso también está muy bien, pero si nos centramos demasiado en ello corremos el riesgo de olvidarnos de cosas superiores, formando así personas egocéntricas.

La familia y la experiencia Una señora me escribió hace tiempo: “Soy la mayor de mi familia y el mejor regalo que me hicieron mis padres fueron mis siete hermanos; y por eso y por todo lo demás les estaré eternamente agradecida”. Por otro lado, un amigo mío -el hijo número nueve de entre once hermanos- me confió que “jamás cambiaría todas las riquezas por los mil momentos de convivencia fraterna. Te aseguro que tener una familia grande ha sido lo mejor que jamás me pudo pasar”.

Una familia numerosa es una escuela de vida hecha práctica. En ella se asimilan por ósmosis muchas y muy ricas virtudes. La generosidad para estar siempre dispuestos a ayudar a los demás; la tolerancia para aceptar a cada uno como es; la unidad para afrontar los problemas y saborear los éxitos; la solidaridad para luchar juntos por vencer las dificultades; la responsabilidad para el buen funcionamiento de todas las tareas; la gratitud para saber reconocer que el papel de cada uno es importante. Pero sobre todo, el amor que nace de estar abiertos a la vida. Por eso y mucho más, ¡que vivan las familias numerosas!

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