LA DIETA DE FRANKENSTEIN

La comida de un monstruo. La dieta de un demonio. El monstruo creado por el doctor sueco, Víctor Frankenstein, a la vez creado por Mary Shelly a los 18 años, no comía carne. Era vegetariano. ¿Usted es vegetariano señor lector, lectora? Pues aquí tienen a su héroe, uno de los más nombrados en la historia de la humanidad reciente (de 1818 para acá) sin duda, monstruo que ha sido representado cientos de ocasiones en teatro y cine, pero del cual no pocas veces ignoramos la verdadera y original novela escrita por una jovencita inglesa en aquellos años.

Lectores atentos se han comunicado y piden la ficha del libro, debido a la primera parte aquí publicada. Hay varias y buenas traducciones. La que yo tengo en la mano es la edición anotada de Cátedra, “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary W. Shelly. Introducción y notas, es decir, edición total a cargo de Isabel Burdiel. Una maravilla. Aunque al parecer, hay una edición buena y barata de Porrúa hermanos. Y le recuerdo que esta lectura forma parte de tres libros que son, “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelly, “Drácula” de Bram Stoker y “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes. Libros que todo mundo citamos, pero pocos hemos leído y glosado y estudiado a partir de su fuente original. En varias ocasiones anteriores le he presentado comentarios y fragmentos de la muy variada mesa de Don Quijote cuando se sienta a la tabla con sus personajes para mí, reales de tan amados, no de ficción.

¿Comía el engendro creado por el Dr. Frankenstein, no obstante que éste fue armado con desechos de cadáveres del cementerio cercano? ¿Tenía frío, sentía calor, tenía eso llamado pulsaciones humanas? Le repito el fragmento de la ocasión pretérita. Cuando el viajero y aventurero Robert Walton en camino en su barco al Polo Norte, encuentra en aquellos helado páramos de hielo y ventiscas sin fin al doctor Víctor Frankenstein quien a la vez perseguía al engendro, lo sube a su barco para socorrerlo, así lo describe: “Jamás vi a hombre alguno en condición tan lastimosa. Intentamos llevarlo al camarote, pero en cuanto dejo de estar al aire libre perdió el conocimiento, de manera que volvimos a subirlo a cubierta y lo reanimamos frotándolo con coñac y obligándolo a beber una pequeña cantidad. En cuanto volvió a mostrar síntomas de vida lo envolvimos en mantas y lo colocamos cerca del fogón de la cocina…”

Cuando el monstruo aprende a valerse por sus propios medios, lo siguiente es uno de sus primeros almuerzos, él mismo lo cuenta: “Ávidamente devoré los restos del desayuno del pastor (el cual había huido al ver a semejante creatura): pan, queso, leche y vino, pero éste último no me gustó.” Quedan más ejemplos en el tintero, voy a regresar al tema. Pero, cuando el engendro confronta a su creador, al Dr. Frankenstein, y le exige una mujer tan fea como él como compañera y ante la reprobación y brutalidad del hombre en su contra, condenándole a una soledad avasallante, le dice de su dieta: “Mi alimento no es el mismo que el del hombre; yo no destruyo al cordero o al cabritillo para saciar mi hambre; las bayas y las bellotas son suficiente alimento para mí…”

Se eriza la piel y el esqueleto cuando usted lee el discurso completo. Sin duda, volveremos con una coda. El monstruo del Dr. Frankenstein era… vegetariano.

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Jesus R. Cedillo

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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