La comida fresca de la primavera 2/2

¿A qué huele la primavera, el verano, este calor a ratos sofocante ya?

Ha llegado el calor, el sol jurado, la primavera y el verano. Ya no hay división entre estas dos estaciones del año, otrora tan marcadas. Es decir, el calor ingrato (al menos para mí) es de la misma intensidad y tonalidad en la primavera ardiente o el verano tórrido. Y lo vimos en el texto de la semana pasada, cuando el calor aprieta, es menester comer algo fresco, liviano, nutritivo y lo cual contenga harta agua. Y el calor de la primavera y el verano (el inicio o brote de la vida misma) siempre será motivo de inspiración para los escritores, pintores o músicos, es decir, los creadores. Ni se diga para esos alquimistas del siglo XXI, los chefs.

¿Qué es para usted la primavera, a qué asocia usted el tórrido verano? Uno de los sonetos más celebrados de William Shakespeare es precisamente aquel donde en sus cuartetos y tercetos compara el verano a la belleza. Pero, ambos, efímeros. Creo que usted lo sabe de memoria, señor lector, pero viene su famoso primer verso y claro, los tres restantes del cuarteto: “¿A un día de verano habré de compararte?/ tú eres más dulce y temperado, un ramalazo/ de viento los capullos de mayo departe,/ y el préstamo de estío vence a corto plazo.” Sin duda, una estación de comida, bebidas, sensualidad y cercanía. Y en materia de comida, de buena gastronomía, nada como un “Carpaccio de res” o bien, un suculento “Carpaccio de salmón.” En Saltillo hay varios y buenos restaurantes que lo sirven sobradamente y en su bien medido punto. A este “Carpaccio” usted lo puede acompañar con la bebida de su predilección, no nos pondremos exigentes esta ocasión.

Obliga el calor y la estación a dos opciones frescas y livianas: una “Canasta de queso” crocante, con vegetales de la época. Otra opción es un buen “Budín de pollo y espinacas.” Es decir, los vegetales son privilegiados, pero también las semillas, los cereales y verduras todas, las cuales aderezarán una buena ensalada que es obligada por el rigor de la temporada. “Verde tregua”, le dice a la primavera y al verano el inolvidable Mario Benedetti, en uno de sus celebrados textos. Seamos francos, aunque aquí lo verde sea sólo un lápiz de madera dejando huella en nuestro cuaderno escolar, es menester aguzar sentidos, todos, para disfrutar esta época del año.

¿A qué huele la primavera, el verano, este calor a ratos sofocante ya? Para el poeta ibérico Vicent Andrés Estellés, el verano son “melones encendidos.” Para el eterno Federico García Lorca, todo es semilla para la pasión y sensualidad, máxime cuando hay una pecaminosa manzana de por medio: “Junta tu roja boca con la mía,/ ¡oh estrella la gitana!/ bajo el oro solar del mediodía/ morderá la manzana.” Sin duda, el olor del verano lo asociamos indefinidamente al mar. Una primavera o verano sin mar, es cosa de lamento y lloro. Pero, no todos podemos largar bártulos de trabajo para correr en las playas de nuestro mar favorito.

El poeta Antonio Gamoneda así lo dice en su endecasílabo perfecto: “Sentir el mar, su lentitud viviente.” Pero, como usted y yo habitamos este mar seco llamado desierto, nada mejor que acoplarnos y adaptarnos a él y bastimentarnos con lo disponible a la mano: una buena cerveza, ensalada de hortalizas y verduras a discreción, aceitunas negras marinadas en ron con algo de picante y sobre una buena cama de hielo; algo o mucho de carne asada (hago una confesión, por pura vanidad, tengo algo así como cuatro meses sin probar carne asada) y sin faltar nuestra bebida refrescante.

Sin duda, lo anterior es lo más parecido a una tormenta o aguacero, que por aquí, ya no asustan a nadie por su notable ausencia. Ya luego, vendrá el invierno. Y como dijo John Steinbeck, “¿De qué serviría la calidez del verano sin el frío del invierno para darle dulzura?” Regresaremos al tema

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