HOY SE HABLA DE… UNA HISTORIA DE BEISBOL QUE NO TRATA DE BEISBOL

CÉSAR ELIZONDO

Perdón por el anglicismo, pero no hay otro modo que le dé sentido a la historia. El más valioso puede ser aquel que conecta el hit, pero el traje de héroe lo porta quien anota la carrera del triunfo. Así que, con la suficiencia propia de quien sabe lo que hace, salí del dugout con paso firme para hablar con mi manager. Era de noche y el calor era mucho tras una larga sequía en la ciudad, causa de estragos en el clima y en el árido suelo de mi tierra.

—Creo que yo debo correr en segunda. Soy el más rápido del equipo y, además, soy el único disponible en la banca para entrar como emergente.

—No sé —me contestó Gerardo—. El Güero dio un buen batazo para embasarse. Nos puso en posición de ganar el partido y me parece injusto sacarlo en este momento.

—Injusto será perder si el Zurdo conecta otro hit y el Güero no alcanza a llegar hasta home —argumenté.

—Ok. Vamos a ver qué dice —en seguida, pidió tiempo al ampáyer para proponer el cambio.

Cerrábamos la última entrada perdiendo por una carrera. Las bases estaban llenas, había dos outs en la pizarra y tocaba el turno a nuestro mejor bateador. Un escenario ideal para dejar en el terreno al contrario.

En tantos años especializado en compras, no recuerdo una negociación tan complicada como esa con el Güero, sobre la almohadilla de la segunda base. Él sentía que su velocidad era suficiente para llegar hasta el home si el Zurdo conectaba de hit. Yo había convencido al manager de que solo yo era capaz de anotar con un sencillo. En una discusión bastante álgida, si tomas en cuenta la división botana en la que participamos, al final prevaleció mi petición y se realizó el cambio de corredor.

Ahí estaba yo sobre la segunda base como niñato heredero, con la adrenalina disparada en mi organismo. Comprobando la textura del piso, arrastrando los pies hacia atrás como hace el toro de lidia con sus pezuñas, haciendo sentadillas entre uno y otro lanzamiento del pitcher, estirando brazos y piernas, levantando el mentón y alargando el cuello hacia atrás y hacia los lados, como si pescuezo y quijada influyeran en la velocidad. Amagando con mis arrancones a un cátcher despreocupado de mí, porque sabía que a ningún lado podría llegar sin el tablazo oportuno de mi compañero. En una repetida sucesión de las anteriores estampas, se llenó la cuenta: tres bolas y dos strikes.

En este juego, tener las cuentas y bases llenas es una situación que obliga a salir corriendo: al siguiente lanzamiento, no se necesita observar hacia dónde va la pelota, ni a cuánta altura, ni nada. O pasa la cuarta bola y todos avanzamos caminando, o ponchan al bateador y se termina la entrada, o da cualquier tipo de batazo y no hay más opción que arrancar a máxima velocidad, buscando llegar a la siguiente base… y más allá, diría Buzz. Pero tampoco era que debiera llegar hasta home. Si el batazo no era lo bastante profundo, con llegar hasta tercera estaríamos empatados y con el triunfo a la mano. Pero… mi vida está llena de peros.

Lo he escrito antes sin rubor, ni disimulo: soy entusiasta villamelón para casi todo, pero tampoco soy desentendido. Entonces, al observar el contacto del pitcher con la placa en su windup, me dispuse a correr. Vi la pelota viajar hacia el bateador y distinguí el instinto asesino entre sus ojos. Despegué. Escuché ese inconfundible plockkk, seco, que te suena a poesía cuando bateas y a fusil al defender. Alcancé a ver el batazo con buena altura, era una línea por encima del primera base. Fue perfecto. Clásico de un zurdo.

Encarrerado, no sé por qué quise ver dónde caía la pelota en lugar de mirar hacia el frente, allá donde, con la mímica del brazo dibujando grandes círculos, alguien me gritaba que me siguiera corriendo hasta el home. En ese instante, sentí que mis piernas se enredaron. Las leyes de la física son más implacables que las jurídicas: ahí me tienes volando por los aires en una catapulta resultante de peso, velocidad y estupidez. El heroico clavado que debió ser en home ante un angustiado cátcher, terminó en estrepitoso desastre a los pies del short stop, envuelto en una polvareda digna de baile ranchero. Fui puesto out, forzado en tercera. Fin del juego.

Al bajar la polvareda, sin aquella suficiencia, mis ojos voltearon hacia el dogout y me encontré con ese microcosmos presente en cada grupo y equipo mexicano: ahí estaban el Güero y el Negro, el Zurdo y el Colorado, el Chaparro y el Pirruris, el Profesor y el Doctor. Cada uno me miraba como si hubiera perdido la urna con las cenizas de su madre. Nunca en la vida sentí más deseos de llegar a home.

cesarelizondov@gmail.com

César Elizondo

Escritor saltillense, ganador de un Premio Estatal de Periodismo Coahuila. Ha escrito para diferentes medios de comunicación impresos de la localidad.

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