HOY SE HABLA DE… AMIGOS

CÉSAR ELIZONDO

Avanzas por la vida sin saber a dónde te llevará la siguiente encrucijada. Y terminas por llegar a los lugares comunes, a donde algunos acuden, a refugiarte en lo cierto… o en lo que otros dan por cierto.

Cansado del trajinar de las épocas actuales, llegó un momento en el que hube de enconcharme para tratar de escuchar. No pude escuchar muy bien, pero no fue por el ruido que podría acusar afuera, fue por el pobre bagaje que habitaba en mi interior. ¿Qué se le dice al espejo al confrontar el vacío?

Empecé a buscar respuestas en superfluos alternativos a los ya probados. Enseguida me di cuenta de que un período de prueba es suficiente para hartarse del streaming, que el trabajo rutinario no da el ancho para hacer frente al absurdo, que la barra en la cantina tiene tanto de real como fábula de Esopo, y del deporte ni hablar, ya no busca adrenalina el que a diario la transpira.

Entonces me puse a leer. No pudo ser más revelador ese ejercicio: pronto estaba de visita en fantásticos lugares, fui testigo del carácter de increíbles personajes, pude ver la artesanía que cuida de los detalles en las tramas más complejas, me sorprendieron con giros que no hubiera imaginado, fui leyendo sin cansancio ante el ritmo cadencioso de la prosa bien escrita, me quedé maravillado por magníficos finales. Lecciones para la vida, aprendizaje sin aula o la simpleza del gozo de un relato bien contado.

Sin que ellos lo sospecharan, me hice amigo de escritores. En afán de conocerlos, apliqué alquimia barata consultando sus perfiles. Terminé escuchando a Arreola, me gustó la irreverencia de un gringo llamado Wallace, la magia de García Márquez, la erudición bien plasmada del Borges jamás premiado. En sentido figurado, me enamoré de Nettel, de Luiselli y otras damas.

Sin distinguir por estilos, épocas o demás, en cada una de sus obras distintas voces fluyeron. Unos muertos y otros vivos, del Cementerio de Reyes a la ciudad de Nueva York, de temas algo pasados o corte contemporáneo. A cada párrafo y línea, como la roca al cincel o al incesante goteo, mi desconsuelo cedió.

Sentí que todos me hablaban como se le habla a un amigo. Sentí que bajo sus letras mis carencias eran pocas. Sentí que con sus novelas podría escapar de la mía. Sentí que ellos me invitaban a sumergirme en sus mundos. Sentí que eran mis amigos. Y de pronto, comprendí:

Los amigos no solo hablan, también saben escuchar. Ni en monólogos ni escritos encuentra uno la amistad, es calle de dos sentidos, uno viene y otro va, uno dice y otro calla, en ese diálogo alterno por donde corre la estima. No han de ser los soliloquios de un extraño en tu cabeza donde surgen los afectos.

Por ello siempre el regreso con esa clase de amigos que gozan de buen oído: los de la copa y la broma, los del abrazo y el canto, sin antifaz en el rostro ni la postura pedante, los que con silencios te hablan, los que escuchan y confrontan. Los que hablan poco y espeso, y, lo que es más importante, que callan para escuchar.  

cesarelizondov@gmail.com

César Elizondo

Escritor saltillense, ganador de un Premio Estatal de Periodismo Coahuila. Ha escrito para diferentes medios de comunicación impresos de la localidad.

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