Helados y nieve: placer de Reyes y Emperadores

No duermo. Ya van tres meses con el ojo no redondo, sino cuadrado. O bien, ojos redondos y abiertos todo el tiempo como platos por el insomnio. ¿El motivo? El calor, el ciego calor el cual tiene desde mayo instalado aquí en el Norte y no, no se

Y al parecer, no se va a ir. El muy ladino nos tomó la medida y el sol jurado hace escurrir el sudor pegajoso de nuestro cuerpo y las noches, para decirlo con Mario Saucedo, el juglar de Saltillo, “las hago días.” En lo personal, no puedo dormir con este calor. Aunque tengo abanicos los suficientes, también he comprado un pequeño enfriador de aire el cual si lo dejo encendido en la noche, me reseca la piel y el esqueleto, no se diga mis cansados ojos y la cosa es que luego, amanezco con una tos malsana preñada a mi garganta y pecho. Así pasan los días de este ya insano calor.

Reniego del calor, usted lo sabe si me ha leído con frecuencia estimado lector. Nadie en su sano juicio puede hacer algo de provecho a más de 30 grados centígrados. En la noche, si la temperatura no baja de 18 grados, nadie puede dormir placenteramente. Nadie. Al menos yo no puedo, lo repito. ¿Usted ha notado que los países ubicados cerca de los polos y con clima frío, son los más prósperos y no así los de línea y clima tropical, donde explotan los sentidos y las mujeres muestran sus atributos a la menor provocación posible? Otro día y en otro espacio exploraremos lo anterior, pero estos tres/cuatro meses en que el maldito calor es una bestia de fauces delirantes la cual nos jadea y brama en el oído y cuerpo todo, me he hecho fanático de los helados y nieve.

Nada más placentero y a cualquier hora del día, que refrescarse con nieve o helados a discreción. Hay un plato favorito mío: eso llamado “Banana Split.” Pero, no tengo sabor de bola de nieve aborrecido. Paletas y helados igual, el que usted me invito me lo tomo. Y aquí iniciamos, lo anterior es placer de Reyes y Emperadores alrededor del mundo. Antes, cuando no había electricidad ni climas refrigerantes, ¿cómo cree usted que se gestionaba una buena bebida fría, un buen helado, quiénes lo disfrutaban, cómo le hacían para mantener helada o fresca una bebida?

Cosa no menor, por lo cual y ahora que tenemos un buen refrigerador en casa (inventos maravillosos del hombre blanco), al abrirlo pues sí, hay que darle gratitud y bendiciones a los inventores de semejante tecnología. Placer de Reyes y adinerados en la antigüedad. En el Siglo de oro español (siglo XVII), para empezar a contar de esto, las bebidas comunes era el agua y el vino. Pero lo que era verdaderamente un éxito, eran las llamadas “bebidas de nieve” o “bebidas frías.” En aquellos años la delicia la hacían la leche de almendras, las aguas de cebada o avena, la limonada y la horchata. Ese libro genial y portentoso, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes, lo registra fielmente en una de sus andanzas. Cuando el caballero y su escudero, Sancho Panza, fueron agasajados por parte del duque de Villahermosa, así lo deja por escrito: “En mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve…”

¿De dónde traían la nieve para enfriar o mezclar las bebidas, era saludable, qué problemas gástricos producía aquello, por cuánto tiempo podían almacenar la nieve, cómo le hacían, en qué vajilla lo hacían…? Es bien famosa aquí en América (y el mundo), la mesa de Moctezuma, donde este Rey y emperador azteca, disfrutaba en una copa de oro, la nieve del volcán más cercano (Popocatépetl), nieve a la cual agregaban miel de abejas y flores de colores… ¿Cuál es su nieve preferida, señor lector? Regresaremos al tema. Vamos iniciando.

El autor

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.

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