EN OTRA PIEL

EN OTRA PIEL

Relato corto

Hace varios pasos que paso desapercibido; la obscuridad de una silueta me acompaña, esa que me asemeja sobre cualquier superficie cuando el sol, de vez en vez, me besa despacio.

La monotonía de lo existente me consume de a poco; las ganas se extinguen, el tiempo se acaba… Y, de pronto, tú. El espacio y su inmensidad se hicieron tan pequeños. Tu presencia lo abarcó todo.

Qué linda, qué linda que te ves, justo así sin siquiera esforzarte. Sin que sepas que te observo, encadenado al enigma de tu nombre, comprendiendo que la belleza no es sustantivo, sino significado, efecto… Consecuencia de ti. Y me embriago con tu olor, imagino tu tacto, alucino tu mirada; escucho el eco de tu voz, tu voz que desconozco.

Me sucedes en cada átomo; me desequilibras el centro y lo que equilibras de nuevo, tú que solamente contemplas estática tu alrededor, sin prisas de por medio. Sin saber que iluminas la habitación.

Lentamente cuento los pasos que de ti me separan; te quiero tan cerca, te deseo mía. Acorto la distancia, pretendiendo distraerte del mundo y que me mires; que, por un instante, tu mundo sea en mí. Sin embargo, en ese momento entiendo que eres tú quien hace al todo; que tu risa es sonido universal, tu boca el paraíso anhelado.

Mi silencio me interrumpe, preguntándome a gritos: ¿Quién era yo antes de ti?

Cientos de intentos fallidos tratando de hacerme dueño de tu espontánea atención; pero la culpa no es tuya. ¿Qué culpa podrías tener si tan sólo estás allí, tan hermosa? ¿Qué culpa podrías tener por ser sólo tú?

Junto de nuevo mis partes, las que tu sonrisa desajustó, para poder partir, sabiendo que te llevo conmigo. Recorro una última vez el entorno de tu existir, convirtiéndome en viento para acariciar tus mejillas; en vida para que te llenes de ella.

Y sucedió.

Bastaron seis segundos, eternos seis segundos donde tus ojos se reflejaron en los míos, y las gotas de agua se convirtieron en mar, los caminos se hicieron infinitos, el sol se hizo uno con la luna y el universo, bendito universo, conspiró a nuestro favor, dejándonos adueñarnos del mundo, su tiempo y espacio; siendo los únicos habitantes del planeta durante seis segundos. Sólo tú y yo.

Tu sonrisa de complicidad, de sabernos juntos en la distancia y lo desconocido, dijo a gritos lo que ambos sabíamos así, sin palabras. Y todo fue fiesta, y todo fue alegría, y todo cantaba, bailaba y reía; porque, en realidad, mi todo eras tú. Siempre fuiste tú.

LA AUTORA

Joven apasionada por las letras, heredo de su madre y abuela los deseos de contar historias, con apenas 19 años de edad, María Treviño ya sabe lo que quiere en la vida, escribir es la máxima expresión de su existencia.

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