En el cielo se juega al fut

Fue en ese último partido donde recibió un golpe que cambió diametralmente su vida

Esta historia me la compartió un buen amigo y me animó a publicarla en este pequeño espacio que 360 me regala cada semana. «Cambia lo que quieras» –me dijo mi amigo– «¡tú eres el experto!». La verdad, no hizo falta. Alguna coma o punto aquí y allá; el resto está intacto. Espero que les ayude tanto como a mí…

Rolandón. Así le llamaban los amigos dado su físico más bien protuberante. Era un simpático y jovial muchacho que congeniaba prácticamente con todos. A los que le vimos partir nos ha dejado una indeleble impresión en el corazón y en el alma. Se supo de la inminencia del último adiós cuando se conocieron los resultados de unos estudios médicos que se le hicieron tras un pequeño accidente. Le encantaba jugar como portero de la selección del colegio, y en honor a la verdad, era insuperable. A pesar de las dimensiones que dejaba traslucir su apretado uniforme, se movía con reflejos de lince y saltaba de un lado para otro como una ardilla, defendiendo celosamente su portería.

A lo largo del torneo sólo le encajaron cinco goles. Todos en el colegio reconocían sus talentos atléticos. Gracias a él, la selección de fútbol había llegado a la final del torneo. Y fue en ese último partido donde recibió un golpe que cambió diametralmente su vida. En un tiro de esquina se lanzó ferozmente para desviar el balón amenazador. Estiró los brazos lo más que pudo, y en ese momento recibió un fuerte un codazo en el pecho, del todo desprotegido. Cayó al suelo, casi exánime. Saltaron los paramédicos. Le atendieron con mucha profesionalidad, todo hacía parecer que se trataba de un accidente sin importancia.

Más tarde, sólo él se dio cuenta de que en el pecho se le había formado una masa dura de carne, que fue creciendo hasta llegar al tamaño de una bola de billar… “Rolando… el éxito de los análisis que te hemos hecho en la zona afectada de tu pecho, nos hacen pensar que posiblemente… tttal vez…, puede ser que…” Al médico le costaba revelar la malhadada noticia. No obstante logró continuar. En un tono de tristeza y compasión a la vez, prosiguió: “Puede ser que padezcas de cáncer”. Hubo un silencio de cerca tres minutos. El médico contemplaba al paciente sumergido en sus pensamientos. De repente, Rolando espetó inquisitivamente: “¿Cuánto tiempo me queda de vida?”. “Bueno… –el interlocutor tosió un poco para camuflar la voz que comenzaba a quebrársele– tengo la esperanza de que nos seguiremos viendo hasta el próximo año…

Sí, el próximo año, si Dios quiere…”. En el colegio se pasó la noticia como reguero de pólvora. A partir de entonces nuestro querido amigo dejó de ser Rolandón y se convirtió en Rolando. El sufrimiento que llevaba en su interior le hizo crecer hasta alcanzar la talla del coloso de Rodas. Nunca se quejaba. Y todos sabíamos que sufría mucho. Cuando sentía un malestar, se apretaba fuertemente el pecho con la mano. Al mismo tiempo se le dibujaba una sonrisa en los labios, queriendo así pasar desapercibido. Otras veces se llevaba la mano al bolsillo, donde se confortaba acariciando la imagen de un pequeño crucifijo…

Ya han pasado cinco años desde que cargamos en hombros su féretro hacia el cementerio. Recuerdo instintivamente una de sus últimas palabras antes de cerrar los ojos: “No se sientan mal por mí. Estuvo bien que me diera el cáncer porque nunca supe cómo jugar el fútbol de la vida, hasta que Dios me mandó el cáncer… Nos vemos allá… porque… porque en el cielo también se juega al fut”.

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Juan Antonio Ruiz

Sacerdote Legionario de Cristo dedicado a la formación y orientación de la juventud saltillense, maestro en el Instituto Alpes-Cumbres en Saltillo.

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