“EL PAN DE LA PALABRA…”

Escribo estas atropelladas líneas con la pluma fría y el corazón caliente y adolorido. Tiempos nublados, nubes negras no sólo sobre México sino en todo el mundo se siguen padeciendo. El virus chino vino a poner a la humanidad en jaque. Aún hoy a casi dos años de su aparición en Wuhan, sigue causando una mortandad de miedo. A todos nos puede contagiar y llegar de sopetón dicho padecimiento.

Remedio contra la angustia, refugiarse en la cocina, en la bebida, en la comida y en los versos de los buenos y altos poetas. Usted y yo lo hemos repasado antes: todo se puede leer o interpretar en una arista gastronómica. Todo. Hace poco salí de mi confinamiento y fui a un restaurante en el centro de la ciudad. El lugar casi estuvo solo todo el tiempo en el cual yo disfruté de un par de copas de vino tinto y pedí como botana, un queso panela en salsa.

Ese día me llevé en mi maletín una antología de la poesía de don Octavio Paz, el único Nobel de Literatura mexicano. Justo ahora que dicho premio está tan desprestigiado. La antología se deja leer con placer y es una buena compilación de Antonio Deltoro para
editorial “Era.”

Mientras caía la tarde y yo daba cuenta de mi queso y mi copa de tinto, subrayé versos y
palabras del Nobel mexicano, le presentó rápidamente algunas poesías con el acento en la gastronomía y bebida. Para el poeta Octavio Paz los hombres “… son la espuma de la tierra,/ la flor del llanto, el fruto de la sangre,/ el pan de la palabra, el vino de los cantos,/ la sal de la alegría, la almendra del silencio.”

Lo anterior en uno de sus poemas épicos y señeros arracimados en “Bajo tu clara sombra.” Note usted la definición de un hombre, lo que somos o de lo cual estamos forjados: vino, sal, pan, frutos, almendras… ¿Podemos definir todo lo que nos rodea a través de lo que comemos? Absolutamente sí. Para los poetas nada es imposible. Menos para ese poeta también Nobel y del cual sabemos de memoria algunos de sus versos, es Pablo Neruda.

Remedio contra la angustia, refugiarse en la cocina, en la bebida, en la comida y en los versos de los buenos y altos poetas.

En un texto titulado “El ciervo sonríe”, el chileno no se anda por las ramas de la bisutería y define a la bella Iglesia de Tabán (en Hungría), como una “fruta amarilla,/ es una dulce pera de oro.” El texto completo reza a la letra: “Aquí están las colinas con tanto follaje/ Que el falso castillo de cabeza calva no tiene perdón: no le crece una hoja/ En el tejado. Pero/ La Iglesia de Tabán es una fruta amarilla,/ Es una dulce pera de oro,/ Es un pequeño y largo pan ofrecido a los dioses.”

Somos lo que comemos. Dice la Biblia que somos polvo y al polvo y tierra vamos a regresar ya muertos. Pero ese mismo polvo, va a renacer una y otra vez en el ciclo misterioso y maravilloso de la creación. Todos vamos a morir. Pero hay ocasiones, como los motivos de la guerra, en la cual la tierra tal vez no pide, sino que exige a sus hijos de regreso más rápido que nunca. Fue el caso de la guerra civil en España, arista abordada por Octavio Paz en “Oda a España”, donde nos retrata en veta gastronómica: “Los duros hechos de la guerra,/ el aire que respiran sus soldados, la tierra que los pide/ y los devuelve en flores, rocas,/ en olivares, frutos, agua suelta;/ la luz que los señala…”

Facebook Notice for EU! You need to login to view and post FB Comments!
Carolina García

Nació en Saltillo, Coahuila en 1995. Ama la lectura y narrar historias. Es licenciada en comunicación por la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila. Participó en las antologías de cuento: “Imaginaria” (2015), “Los nombres del mundo: Nuevos narradores saltillenses” (2016) y “Mínima: Antología de microficción” (2018).

No hay comentarios

Dejar un comentario

Su correo electrónico no será revelado