DIECINUEVE MINUTOS

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Días después, me dispuse a releer esta columna que fue publicada hoy, viernes 15 de noviembre. En su momento la escribí sentada frente a uno de los diques por donde el Río de la Plata se estanca y sus peces se mueren. El sol estaba en lo alto, como siempre, el típico sol de Buenos Aires, haciendo rielar el agua y resaltando en toda la orilla y parte de su centro unos puntos sin vida de color naranja y blanco. El día era tan lindo que los animalitos muertos lo eran también: el juego de colores brillantes entre el cielo y el sol cayendo justo en los costados moribundos de los peces hacia que ellos rielaran y fueran indispensables para el embellecimiento del instante. Cuando volví a mi consciente, estaba escribiendo esta línea y me detuve. Me estaba viendo escribir.

¿Estás segura que quieres escribir eso? Ya lo volví a leer y no me convence—me dije. ¿Cómo así no te gusta? ¿Qué tiene de malo? No sabía que eras así de morbosa con el tema de los animales muertos—me contesté. No seas ridícula, no es por eso. Esa idea estaba buena, pero creo que muy poco hecha. Igual serviría más para un relato corto o para crear un símil entre eso y otra cosa… Pues lo hubieras pensado mejor cuando lo estabas escribiendo hace muchos, muchos días, guapa, cuando todavía eras yo-ahora. Todavía sigo siendo tú, aunque después. No sé yo, Mariquita; no me cuadra la actitud que tienes y, sinceramente, no tengo ganas de discutirte. Ya sabes que no me gusta competir ni discutir. A mí tampoco, eh. No te equivoques. Era sólo un comentario para que evitaras sentirte como yo-ahora en tu después, porque finalmente, ésta vas a ser tú cuando menos te lo esperes. No tengas cuidado, cielito, que no será así.

Me levanté, ya sin ganas, y me dispuse a volver hacia la casa. Pero los peces muertos no me dejaban. Nunca había visto esa belleza tan decadente, frívola, asquerosa y maloliente que se mezclaba a la perfección con el paisaje y las parejas que caminaban por los andenes. Podría asegurar, aunque no puedo, que todos estábamos de acuerdo: lo más lindo de aquel día eran esos peces putrefactos y la forma en la que contribuían a la decoración del río, justo como las flores de cempasúchil adornan el caminito que lleva al altar del muerto.

Estaba cayendo la tarde y, aunque bien pude haberme quedado sin problema dos horas más, me fui. Poco sabía yo que, si me hubiera quedado, 19 minutos después vería del otro lado del dique una cara familiar. Nos reconoceríamos enseguida (“Tanto tiempo, ya ves” “¿Entonces decidiste estudiar letras? ¡No me digas!” “¿Cómo que murió doña Blanca? Tan querida, tu abuela”) y tomaríamos unas cuantas cervezas que cambiarían lo que en su momento no pudimos (o no queríamos) arreglar. Y nos quitaríamos de encima los meses siguientes, la pesadumbre, él hubiera, y sobre todo el encuentro estrepitoso que muchos, muchos años más tarde de ahora, nos distanciaría para toda la vida.

Estaba llegando a mi casa cuando el cielo me llamó para mirarlo. De no haber hecho viento a mi alrededor, podría haber jurado que las llamas candentes del atardecer lo estaban quemando todo. “Un cielo color pez”, pensé y entré a mi edificio. “Esa pudo haber sido una buena idea para un símil o un buen relato corto”.

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