DEL LADO DE ACÁ HASTA EL LADO DE ALLÁ

“Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte”

Querido Julio:

He dejado de contar las veces que he intentado escribirte sin éxito. Siempre que me lo propongo, medito seriamente mis palabras y trato de encasillar lo que quiero decirte sin rodeos, pero nunca lo consigo. No sé empezar por ningún principio. Tiendo a llorar más o menos a la altura de este renglón y desafortunadamente este también es el caso. Ahora debería borrarlo todo y empezar de nuevo porque ya me he desviado, pero sólo voy a continuar porque me da la sensación que me estás escuchando como yo quiero y no como tú puedes hacerlo.

Te habrás dado cuenta que siempre estoy hablando de ti, de una u otra forma. Esta gente que me lee ahora mismo ya está harta de mi taralata que gira en torno a tu persona. Pero no me importa. Cuando uno pretende hablar de sí mismo, es imposible no mencionar a quienes le rodean, y por lo tanto me es imposible no mencionarte dentro de la historia de mi vida. Sí, a ti que nunca he abrazado, que nunca me ha sonreído, que nunca hemos compartido un mate ni una foto ni unas risas mientras se escuchaba de fondo algún jazz que te gustara mucho o algún tango triste y nostálgico, como tú.

Me hubiera encantado llevarte a Los Pioneros y que probaras un buen taco de cachete y una quesadilla de picadillo, y que saludáramos a mi abuela tomándonos un cafecito de olla y un cigarrito. Te hubieras puesto muy contento. Después volveríamos a Buenos Aires para compartir nuestro amor-odio mutuo con este sitio y verías la pequeña estatua que te hicieron en el London City fumándote tu puro, con un par de notas regadas sobre el escritorio. Doy por hecho que te hubieras burlado y dicho que en persona eres más feo.

Tendríamos silencio, mucho silencio, y aprenderíamos a interpretarnos con la mirada para evitar el uso de este lenguaje que a veces no significa nada. Y si se diera el caso (como en múltiples ocasiones se ha dado) de conversar, sería de amor. Tú y yo hablaríamos por fin de amor porque no hay nada más de qué hablar cuando quiere hablarse seriamente de algo. Luego, en nuestros ratos aún más libres, saltaríamos las rayuelas sólo por cumplir con el cliché, le pondríamos nombres que no corresponden a nuestros recuerdos para confundirlos y te vería escribir ese poema que me gusta tanto: el “Bolero”.

Me ayudarías a saber interpretar bien un texto, te obligaría a llevarme a tu biblioteca regada por varias partes del mundo. Te cuidaría durante la leucemia y después de la muerte de Carol, te sacaría a pasear cuando todos y cada uno de tus pétalos amarillos necesitaran del sol. Y lloraríamos desenfrenadamente y sin instrucciones, justo como los cronopios, que lloran un poco más sólo porque saben que pueden hacerlo.

Haríamos todo lo que nunca vamos a hacer, Julio. Ya se lo habías escrito tú al buen Felisberto un día: “A mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada”. Me duele profundamente no habernos conocido y me he preguntado hasta el cansancio el por qué nuestra desdicha de no coincidir en el tiempo. Y justo en este punto, cuando estoy al borde de vomitar un conejito, hago lo que hubieras hecho tú: “Trazo tu mano en el aire (…) y así la tomo y la sostengo, como si de ello dependiera muchísimo el mundo”. Y entonces sé que estás, ya no del lado de acá ni del de allá, sino en otros lados. En todos lados. Te quiere sin medida, María Treviño.

María Treviño

Joven apasionada por las letras, heredo de su madre y abuela los deseos de contar historias, con apenas 19 años de edad, María Treviño ya sabe lo que quiere en la vida, escribir es la máxima expresión de su existencia.

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