Como cruzando el Río Bravo

El visitante, apenas se acerca al acceso de uno y otro lugar, tiene la inequívoca percepción de lo que verá allá adentro

Muy gastada esta la retórica aquella de lo que cuesta educar a un mexicano: 23 pesitos, ese era el peaje en la caseta del puente internacional para salir de México e ingresar a los Estados Unidos. Si, ya sabes, cruzando la frontera dicen que uno se convierte en buen ciudadano, no tira basura en la calle, no ocupa topes en bulevares para respetar los limites de velocidad, come con la boca cerrada y hasta le abre la puerta del coche y del mall a la señora.

Pero, ni necesidad de ir tan lejos. Ahí tienes que esta semana, angustiado y aburrido por la escasez de clientela en el código postal 25 mil, es decir el centro de Saltillo, salí a deambular por las calles del primer cuadro de la ciudad. Y luego-lueguito, así como el Río Bravo divide a los gringos de los mexicanos, o a los yankees de los bárbaros, un pequeño negocio sirve de frontera entre el Mercado Nuevo Saltillo -de confección oficial- y la Plaza de la Tecnología, de capital privado.

En conceptos similares en cuanto a meter cientos de diminutos locales dentro de una gran nave, contar con áreas de comida y sanitarias, las diferencias no podrían ser más abismales a las encontradas entre Tijuana y San Diego. El visitante, apenas se acerca al acceso de uno y otro lugar, tiene la inequívoca percepción de lo que verá allá adentro: perfectamente delimitados y respetados los espacios en uno, caos y mercaderías en pasillos y techos en otro; escaleras eléctricas en uno, una sola planta en otro; sanitarios bien cuidados en uno, baños sin mantenimiento apropiado en otro; limpieza e iluminación de un lado, semi oscuro y sucio el otro.

Aunque eso sí, los deliciosos tacos de Aaron en el Mercado Nuevo Saltillo, sin oferta gastronómica atractiva en la Plaza de la Tecnología. Un localito de distancia no puede ser la diferencia para que una misma población encuentre tan diferentes espacios. Después, seguí caminando. Por las banquetas que distintas administraciones restauraron, con la vista clavada al piso como negando la parálisis económica que solo el gobierno no ve y no sufre, me encontré con otro retazo de mexicanidad: las manchas negras de los escupidos chicles que se han fundido con el cemento.

Y, ¿a quién echarle la culpa? La normatividad dicta que el dueño de la propiedad debe entregar la banqueta al municipio. ¿Debe la autoridad encargarse de esa limpieza o será el locatario quien deba quitar a espátula y químicos las gomas de mascar adheridas cuán fósiles al piso?  No lo sé, pero te puedo decir que, en centros comerciales privados como Plaza Patio, Plaza Sendero, Nogalera, o Galerías Saltillo, todos los días ves a personal de limpieza de hinojos, con espátula en la mano, desprendiendo del piso aquello que los visitantes no aprendemos a depositar en la basura. ¿Es el Río Bravo o son las autoridades quienes hacen una diferencia? ¿Son las concesiones de los gobiernos hacia sus centrales agremiadas y por tanto clientelares las que nos siguen anclando al tercer mundo, o será el esfuerzo empresarial lo que nos lleve a ser una nación desarrollada? ¿Es el gobierno o es la población?

cesarelizondov@gmail.com 

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