Conocer a Rafael

El cuarto de Rafael es pequeñito y poco amueblado. Entre sus parcos enceres resalta la imagen de La Guadalupana sobre la cabecera de su cama. A un lado, la vieja mecedora de madera que recibió como herencia de su padre, y que, desde que comenzó a usar su silla de ruedas, yace ahí sin balancearse. Es verdad, la enfermedad no le permite disfrutar de su suave ir y venir, pero no ha logrado apagar el brillo cándido de sus ojos negros.

Lo único que se ha agregado a ese cuartito desde que la enfermedad le golpeó es una pecera. Un cubo pequeñito como su habitación. En ella, nadan tres peces multicolores que unos amigos le regalaron. Ahí, el mismo Rafael, parece sumergirse largas horas. Observa como los animalitos se alimentan, juguetean y descansan. Le divierte ver cómo nadan, cómo suben y bajan sin parar. En ellos descubre mil y un milagros día a día.

Mirándola, me dice: «¡Cuántas ganas de vivir! A veces los hombres parecemos peces: estamos en el agua, y no nos percatamos de que estamos mojados. Vivimos en un mundo maravilloso y no nos damos cuenta de lo que esto significa. ¡La vida es hermosa y muchas veces no la valoramos! Antes no me daba cuenta. Pero ahora me parece que cada minuto vale oro».

Y sigue: «El tiempo pasa, no cabe duda, pero a mis 84 años lo aprecio mucho más. ¿Sabes algo? Creo que aún tengo cosas que hacer por aquí. Por ello, no me dejaré vencer por nada ni nadie. Seguiré luchando». Vuelve a ver su pecerita y lanza una de esas sonrisas que destapan el alma. Así, viejo y sin poder erguirse, Rafael tiene mucho que hacer.

Sí, mucho. Con su sonrisa y su mirada; con su voz suave y cada vez más apagada; con su pececitos y su Guadalupana; va repartiendo alegría y desbordando ganas de vivir. Yo no he conocido a nadie con más entusiasmo de vivir que Rafael, lo aseguro.

«Cuando siento ganas de quejarme -suele decir- me basta mirar hacia mi Morenita. Ella es suficiente para reanimarme y para seguir sonriendo».

¡Qué poco le basta a Rafael para vivir feliz! Nosotros a veces pensamos que la felicidad se encuentra en la salud, en las muchas riquezas. Y pasamos la vida procurándolas. Pero -¡pum!-, cuando menos lo esperamos, nos damos cuenta de que la vida misma se nos ha pasado.

Sólo entonces nos percatamos de que la felicidad no está en poseer, sino en ser; que feliz no es aquél que vive apresurado, sino el que sabe que cada minuto es precioso y no vuelve.

Cuando conocí a Rafael mi vida cambió. Fue como entrar en una escuela de vida práctica; más aún, de felicidad hecha vida. De ahí, que hoy le dedique estas breves líneas, aunque, ciertamente, se quedan muy por debajo de lo que significa conocer a Rafael.

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