CLASES EN TIEMPOS DE COVID

PADRE JUAN ANTONIO RUIZ

Es muy conocida por todos la famosa anécdota de Wellington, el general inglés que ganó a Napoleón en la batalla de Waterloo.

Después de su victoria, regresó a la escuela que le vio nacer en su formación militar y dijo sencillamente: «Aquí se ganó la batalla de Waterloo». 

Me ha venido a la mente esta frase al ver a muchos niños y jóvenes que se encuentran ahora viviendo sus clases detrás de la pantalla. Tiempos de mucho tedio para unos, de éxitos y de algún que otro enfado. Y me da la impresión que son pocos los que se dan cuenta que, más que un tiempo de “mala suerte”, todo lo que atravesamos en estos momentos puede (y debe) ir más allá que unas horas de tedio desde el Zoom. Cada clase tomada en línea puede ser un entrenamiento en la actitud de cara a futuras batallas. Y tal vez la mayoría de estos estudiantes viven con la miopía de no ver cómo se pierde la sociedad, cómo se desmorona por la falta de una sólida formación, también en el campo académico. 

El estudiante es un ciudadano en su pleno derecho, y con los mismos deberes. Por lo mismo, debe contribuir al bien de la sociedad. ¿Cómo? Con sus estudios. Es como un sello que marca la finalidad de su vida actual, pues en cierta manera su vida de estudiante da un más o un menos al resultado final de la ecuación de nuestro mundo. 

Existe un dogma hermosísimo en la Iglesia Católica llamado “Comunión de los Santos”, en donde se afirma que cada acción que realicemos, buena o mala, repercute realmente en provecho o en desgracia del resto de los seres humanos. Y así es: no nos pertenecemos de modo absoluto. Somos “hombres-para-el-otro”, si se me permite la expresión. Y por esto debemos prepararnos académicamente, para poder dar lo mejor de nosotros mismos en la construcción de un mundo más perfecto. 

El Rey Balduino de Bélgica entendió muy bien su misión en la sociedad -en su caso como monarca- cuando dijo: «soy rey para amar a mi país, para orar por mi país, para sufrir por mi país». Y los estudiantes deberían saber que su finalidad no va muy lejos de estas aspiraciones: amar la sociedad en la que viven (buscando que sea la mejor posible), orar por el mundo en el que se mueven (para que viva lo más cercano a Dios) y sufrir por todos los hombres con el heroísmo de estos días online (para que, como semilla que cae en el surco, el posible malestar eleve la planta de unos seres humanos mejores). 

Sí, cada minuto del estudio es importante. Cada materia que se asimila es un arma muy útil para poder construir el futuro de la propia nación. Cada estudiante está llamado a ser llama viva que debe alumbrar, pues «si ustedes no arden de amor, habrá mucha gente que morirá de frío» (Francois Mauriac). Y, ¡cuánto invierno en nuestro mundo de hoy en día!

Sólo con esta concepción de la vida estudiantil se podrá plantar cara a las futuras batallas; salir de las trincheras del miedo y de la incertidumbre de este período, en los que nos tiene encerrados el coronavirus. Y no sólo se vencerá un “Waterloo” cualquiera, sino la batalla definitiva en la construcción de una sociedad más humana y, por ello, más de Dios. 

Juan Antonio Ruiz

Sacerdote Legionario de Cristo dedicado a la formación y orientación de la juventud saltillense, maestro en el Instituto Alpes-Cumbres en Saltillo.

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