¿CERVEZA? UNA OSCURA, POR FAVOR (3)

El calor aprieta. Ya va a ser eterno. Y ahora, sin agua. Los vecinos regios ya de regios no tienen nada. Nunca lo fueron. Tienen dinero, pantallas planas y el orgullo maltratado. Y por los suelos. Pero no tienen agua, libros, ni futuro. Habitan un perpetuo teatro guiñol de lentejuela, bisutería y oropel. Sin agua no hay vida. El mejor ejemplo de ello son ellos. 

El calor aprieta. ¿Cómo mitigar nuestra sed ancestral? Pues bebiendo. De preferencia, cualquier tipo de bebida con alcohol. Someramente aquí hemos hablado de dos bebidas: el champagne, licor de príncipes y reyes. Y, claro, la modesta y abnegada, pero popular y maravillosa cerveza. ¿Es esta columna dominical un elogio del trago y el alcohol? No lo sé. 

Mi pálido alfabeto está lejos de marcar agenda moral, pero a petición de varios lectores los cuales me favorecen con su atención, sigo regresando a este tema siempre escabroso, delicioso y disipado: los tragos y su piadosa relación con nosotros, los débiles de espíritu, los cuales nos cebamos en sus libaciones. Vivir y beber, pues. 

Pero vaya, usted puede decantarse por cualquier bebida buena que a usted le aplaque su sed ancestral y, amén de ello, le ayude a paliar tanto y tanto calor en el desierto implacable que es el norte de México. Hay otra bebida de dioses y reyes, lo mismo es alucinógena que embrutecedora; lo mismo es rica y buscada en la mesa del gourmet europeo, que acunada en la mesa del albañil mexicano. No por algo, o bien por mucho de ello, Malcolm Lowry, ese escritor de la “Divina comedia ebria”, “Bajo el Volcán”, dejó por escrito páginas gloriosas sobre sus pesadillas, exploraciones y expiaciones sobre semejante bebida descubierta y preparada en México: el mezcal.

Pero usted beba, mientras el mundo se acaba. Ernest Hemingway, amén de beber mojitos atascados de ron en el bar “Floridita” de la tórrida Habana, bautizó un famoso cóctel en el “Harry’s Bar” de Venecia, Italia como “Montgomery”. Hay otro cóctel famoso hasta el hartazgo en esta parte del mundo y, al parecer, en cualquier parte del mundo: la “Mimosa”. Según la historia, se inventó en el célebre Hotel Ritz, de París. Por su parte, a “La voz”, a Frank Sinatra, se le veía en el mediodía de su vida, a los 50 años, con un vaso de bourbon en la mano. Todo mientras renegaba de una pertinaz gripa que lo traía jodido…

Sigue el calor y el sopor de una sola estación del clima en el norte: el verano tórrido. ¿Qué hacer? Pues lo siguiente: era alto, gallardo. Norteño de linaje escogido. Su porte y garbo eran del tamaño de sus composiciones y su voz embrujaba: era don Mario Sucedo, quien forma parte de nuestro abecedario musical en este norte y Saltillo nuestro. Sus canciones son vida del corpus vertebral norestense. Una de sus bellas melodías dice: “Cantinas, muchas cantinas recorro de arriba a abajo…” le creemos. Ante la pasión amorosa extinta en la amada, cuenta la canción, al varón solo le queda rumiar su derrota con alcohol, con el alma hecha hilos de dolor. 

Y sí, nada mejor que beber cerveza oscura en este tipo de lugares muy mexicanos: cerveza en una cantina. ¿Cuántas? Todas las que se puedan. ¡Salud! 

Jesus R. Cedillo

Escritor y periodista saltillense. Ha publicado en los principales diarios y revistas de México. Ganador de siete premios de periodismo cultural de la UAdeC en diversos géneros periodísticos.