«AQUELLA NIÑA QUE NO QUERÍA, NACERÁ»

«AQUELLA NIÑA QUE NO QUERÍA, NACERÁ»

Isabel, una muchacha italiana de 19 años, me comparte esta reflexión que me permito ahora transcribírtela. Creo que vale muchísimo la pena y te podrá ayudar a valorar muchísimo lo que significa ese milagro tan bello y tan delicado llamado vida…

Me parece que fue ayer el día que descubrí mi embarazo. Me hice la primera prueba: el ansia que crecía. La segunda prueba… positivo. Y lo miraba fijamente: positivo, ¡positivo! El terror se apodera de mí y quedo paralizada, incapaz de reaccionar. La única cosa que era capaz de ver era mi vida literalmente destruida y desmembrada, mis proyectos aplastados, el futuro que estaba construyendo convertirse en una utopía inalcanzable.

Los primeros tres meses fueron los más difíciles. Antes de la concepción, el papá del niño, jovencísimo como yo, se había mostrado inestable y, cosa todavía más grave, mentiroso y violento. Cuando le dije que esperaba un niño, las reacciones vinieron en vaivenes. Primero, los prontos de ira, después las presiones psicológicas («A tu edad, el aborto es la única cosa inteligente por hacer»). Al tercer mes, desapareció completamente; se encontró otra chica. Sin la carga. Fueron momentos de profunda tristeza. Sentía desprecio por la persona con la que había estado, pues me aparecía con toda evidencia lo irremediablemente vacío, superficial y frío que era.

En el desconsuelo más total acepté hablar con un sacerdote, pues mi alma se había roto. No quería ese hijo, pero sabía que no podría vivir más serenamente escogiendo la salida más “fácil” y más “obvia”. En medio de los miedos y llena de dudas, tenía una cosa clara: no quería dañarme el alma llevando a cabo un acto tan terrorífico. Pero me sentía una madre degenerada: no quería matar esa vida, pero deseaba, esperaba e incluso oraba para que tuviese un aborto espontáneo. Don Fabio, el sacerdote, me tranquilizó, haciéndome sentir totalmente normal: «Este nacimiento será una gracia», decía. A decir verdad, yo no lo creía, pero me sentía consolada.

Decidí fiarme del proyecto de Dios, un proyecto que no acepté al inicio y que aún hoy me cuesta entender. Mi hija nacerá en poco tiempo, en menos de un mes, y, lo admito, no siento ni amor ni afecto. Me dicen que es normal, que apenas nazca será distinto. Pero yo no sé qué hacer, no sé siquiera si la tendré o la daré en adopción. Sé que cualquiera de las dos decisiones será difícil y dolorosa, pues cualquiera de las dos será una renuncia enorme. Eso sí. no me arrepiento de no haber abortado, habría sido innatural. Desde el principio me he dado cuenta que había una vida dentro de mí. No “una vida”, en abstracto, sino ¡la vida de una persona dentro de mí! Recuerdo como si fuese ayer la primera ecografía, cuando aún estaba a tiempo de abortar. Sentí por primera vez el batir del corazoncito; lloré desesperada. Y, sin embargo, me río cada vez que uno me dice: «es un cúmulo de células». Si es así, déjalo ahí donde está y verás qué sucede. Si no es un niño, ¿para qué hay que hacerlo pedazos? Déjalo en tu cuerpo tranquilamente; total, no está vivo, ¿no? ¡Es ridículo!

Estoy ya al noveno mes, aún tengo muchas dudas, muchas incertezas. Pero de una cosa sí que estoy convencida: siempre hay una alternativa al aborto. Tú has tenido la oportunidad de vivir y es de justicia que la tenga también ese bebé. Y es que una oportunidad la merecemos todos.

EL AUTOR

Sacerdote Legionario de Cristo dedicado a la formación y orientación de la juventud saltillense, maestro en el Instituto Alpes-Cumbres en Saltillo

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