ADIÓS, ALFONSO (PRIMERA PARTE)

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Desde el cielo, las estrellas lo miraban inquietas. Retándolas, Alfonso Serrada les sostenía la mirada mientras se desangraba lentamente en la parte trasera de su casa. Era consciente de que la herida de bala recibida le había penetrado el estómago y, sin embargo, su carácter se mantenía orgulloso y frío. Después de todo, no consentiría renunciar al lema que siempre había gobernado su vida: jamás retroceder. No cambiaría ni ante el umbral del fin. ¿Fin? Sí. Fin. Porque hacía mucho tiempo que Alfonso había abandonado los mitos ridículos y estúpidos de las ilusiones del más allá. Fin, adiós, hasta siempre.

Ante este pensamiento, el eco de otro adiós retumbó en su interior: las últimas palabras que Laura le lanzó el día que lo abandonó. ¿Habrá algo más triste que una despedida? Incluso la muerte tiene más sentido, pues pone fin a los sufrimientos. Una despedida, no: te retuerce el alma ante el recuerdo de la persona amada. «¡Adiós, Alfonso!». Dos palabras que cambiaron el destino de su vida. Y ahora, mientras sus manos retozaban en el charco de su propia sangre, su mente viajó por ese instante, regodeándose en el dolor del recuerdo. Cerró los ojos…

¿Era mayo? Sí, el paisaje florido de la primavera dejaba paso a un monótono ocre quemado. Esa mañana, Alfonso salió de casa relativamente temprano: quería llegar pronto al trabajo para retomar un expediente que tenía retrasado desde hacía tiempo. Pero nada más cruzar el patio delantero, la vio.

 “¿Es que la gente no cierra las persianas de sus casas?”, pensó. Pero la visión que esa ventana abierta le regaló lo dejó sin aliento: la atractiva esposa del vecino en lo que, según parecía, era su ropa de noche. Alfonso se sintió paralizado. Sus pies no querían reaccionar; sus ojos, menos. Desde la ventana, la mujer leía una revista al compás del aire, que le acariciaba los rizos sobre el rostro. Al sentirse observada, levantó la mirada. Descubrió a Alonso espiándola. Y al contacto de ambas miradas, la mujer lentamente fue dibujando una sonrisa en el rostro…

¡Su sonrisa! Sólo evocarla le quemaba el alma. Fue esa sonrisa la que lo intoxicó y lo arrastró a cometer su crimen. Encuentros fortuitos y apasionados, fugaces y vacíos. Sí, así se podría describir su relación con Laura: una loca espiral de acontecimientos que lo fueron vaciando poco a poco. Y a ella… “Pero no. Ella no se tuvo la culpa. Fui yo, fui yo…”.

Mientras tanto, la buena de Silvia, su esposa, vivía en la total ignorancia. Verla cada mañana prepararle el desayuno con inusual cariño le hacía odiarse a sí mismo. “¡Qué ruin y miserable eres, Alfonso!”. Y, sin embargo, no podía abandonar a Laura. Se había aficionado a ella, a sus besos, a su caminar desenvuelto, a su sonrisa pícara…

Todo marchaba con perfección. Ni Silvia ni Manuel, el marido de Laura, parecían enterarse de la relación traidora. Y en ese entonces, Alfonso vivía en piloto automático, casi sin darse cuenta de lo que hacía. Pero ahora ya nada contaba. Sabía que iba a morir. Su cuerpo no tardaría en desangrarse. “¡Ah, sí al menos esa mañana no me hubiera sonreído! Fue su sonrisa”. Pero, ¡qué hipócrita era! No, no podía engañarse. Alfonso era culpable. Lo sabía y no podía callar. Ahora sólo estaba pagando el justo precio a sus acciones. Un pago que nació a los cuatro meses de haber conocido a Laura…

 

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