A un pensamiento de distancia

 Cuando ves la lucecita al fondo del túnel, tu alma descansa y aspiras un hermoso aroma de flores 

El lugar estará completamente a oscuras, por lo que se sugiere no llevar zapatos ni nada en la cabeza, mantener los brazos estirados frente a ustedes y avanzar sin detenerse”, nos explica un joven antes de entrar a la experiencia que pone a prueba la capacidad de autocontrol y la calma. Un poco tensos leemos en la entrada: “Las personas con hipertensión, embarazadas o claustrofóbicas no deben acceder”. En la mente se agolpan pensamientos contradictorios que luchan por imponerse: “Qué horror ¿qué necesidad tengo de esto?” O bien: “No pasa nada, estás en un lugar seguro”. ¿Cuál de las dos voces vencerá?  Nos encontramos en el parque Xenses, en la Riviera Maya, que es una verdadera maravilla. Te invito a imaginar el recorrido. Sólo llevas puesto tu traje de baño, entras a una cueva totalmente oscura, bajo las plantas de los pies sientes la arena, en la piel notas un calor húmedo y agradable mientras escuchas el ruido del mar y el graznido de las gaviotas.

Avanzas confiado de tus instintos y comienzas a sentir hojas picudas que rozan por sorpresa todo tu cuerpo. La textura del suelo cambia a fango de pantano y los sonidos son selváticos. El camino se angosta y comienza a serpentearen diversas direcciones, mientras tu piel roza otro tipo de plantas, más tupidas, más densas. La oscuridad es tan intensa que no alcanzas a ver ni tus manos. Únicamente escuchas tus pensamientos. La temperatura cambia, se enfría y se vuelve helada. El viento pega fuerte sobre tu piel semidesnuda. Bajo los pies sientes piedras y comienza a llover. La bajada te toma por sorpresa y te percatas de que caminas sobre un puente colgante que se balancea a tu paso. Los sonidos son de una gotera, como si provinieran de una cueva muy alta y profunda. Las ramas cierran el paso y dificultan el avance. El terreno sube, el piso es húmedo y resbaladizo. El frío continúa… Cuando ves la lucecita al fondo del túnel, tu alma descansa y aspiras un hermoso aroma de flores.  Ignoro cuánto dura el recorrido, aunque se siente como una eternidad.

Pero la sorpresa no acaba todavía. Al salir por unos túneles con estalactitas y estalagmitas gracias a las cuales tu vista se acostumbra a la luz, escuchas la guitarra y la voz de Mercedes Sosa, que desde el alma canta:“Gracias a la vida que me ha dado tanto, me dio dos luceros que cuando los abro, perfecto distingo lo negro del blanco y en el alto cielo su fondo estrellado, y en las multitudes al hombre que amo”.  Confieso que me solté a llorar al darme cuenta de lo valioso y vital que es el milagro de la vista. Cuando me adelanté, la música cambió a la canción favorita de mi hermano Adrián, quien falleció en un accidente a los 41 años: “What a Wonderful World”. Entonces me detuve y no pude seguir caminando, de pie lloré de gratitud por la vida, por tener y disfrutar de mis sentidos y por quienes crearon esa maravillosa experiencia.

En una pared se lee: “Las siete maravillas del mundo: Comer-te, Sentir-te, Ver-te, Oír-te, Besar-te, Acariciar-te, Amar-te”. Para una de las acompañantes del grupo, el reto fue traumático. Después nos platicó que gritó, lloró y pidió auxilio porque la experiencia le revivió traumas de la infancia. Fue la única que lo pasó mal de los 14 que fuimos, a los demás nos fascinó. Disfrutar o no la experiencia, quizá esté a un pensamiento de distancia.  Con esta entrega quiero agradecer de corazón a quienes hicieron Xenses. Un gran parque cuyas instalaciones, creatividad y profesionalismo son de clase mundial y me llenaron de orgullo. Te lo recomiendo mucho.

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